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16 jul 2011

De Píramo y Tisbe.


Hoy, en medio de un ataque de romanticismo, os intentaré descubrir un relato antiguo. El artífice fue el magnífico Ovidio, y su fantástica creación la encontramos en su obra Metamorfosis libro IV. Es inevitable que no nos venga otra historia archiconocida a la mente, aunque posterior.

Érase la historia de dos jóvenes amantes y vecinos. Un día ella, a escondidas, perfora la pared que une sus estancias debido a la estricta prohibición de sus familias, las cuales no les permitían verse. Pero un día acuerdan verse furtivamente a las afueras de la ciudad, donde se alzaba un frondoso árbol y serpenteaba un riachuelo.  Tisbe, ella, llegó a aquel lugar antes que Píramo, él. Llevaba los cabellos cubiertos con un sutil velo.

Cuando Tisbe llegó esperó al joven Píramo a los pies del frondoso árbol, pero una leona que acababa de cazar y lucía las fauces llenas de sangre, la sorprendió aunque Tisbe tuvo tiempo de ponerse a salvo en una cueva cercana perdiendo en la huída el velo que portaba.

Poco después llegó hasta aquel lugar Píramo y encontró el velo de su amada manchado de sangre, pues la feroz leona había rasgado la prenda con sus dientes. Píramo pensó lo peor. Creyó que su amada había perecido presa del ataque de una fiera y tras lamentarse se dio muerte a los pies de aquel árbol con su propio hierro.

Cuando la oscuridad ya era latente, Tisbe salió de su escondite y fue al encuentro de Píramo consciente del retraso. Pero lo que allí encontró no fue otra cosa que el cuerpo sin vida de éste. Y tras lamentarse se dio muerte ella también con el mismo arma que Píramo. Así yacieron juntos.

Esto es una muestra de como la literatura clásica inspiró siglos después a los grandes autores de Europa. Os dejo la traducción del original para que os deleitéis. 

«Píramo y Tisbe, de los jóvenes el más bello el uno,
 la otra, de las que el Oriente tuvo, preferida entre las muchachas,
 contiguas tuvieron sus casas, donde se dice que
 con cerámicos muros ciñó Semíramis su alta ciudad.
 El conocimiento y los primeros pasos la vecindad los hizo,
 con el tiempo creció el amor; y sus teas también, según derecho, se hubieran unido
 pero lo vetaron sus padres; lo que no pudieron vetar:
 por igual ardían, cautivas sus mentes, ambos.
 Cómplice alguno no hay; por gesto y señales hablan,
 y mientras más se tapa, tapado más bulle el fuego.
 Hendida estaba por una tenue rendija, que ella había producido en otro tiempo,  
 cuando se hacía, la pared común de una y otra casa.
 Tal defecto, por nadie a través de siglos largos notado
 -¿qué no siente el amor?-, los primeros lo visteis los amantes
 y de la voz lo hicisteis camino, y seguras por él
 en murmullo mínimo vuestras ternuras atravesar solían.  
 Muchas veces, cuando estaban apostados de aquí Tisbe, Píramo de allí,
 y por turnos fuera buscado el anhélito de la boca:
 «Envidiosa», decían, «pared, ¿por qué a los amantes te opones?
 ¿Cuánto era que permitieses que con todo el cuerpo nos uniéramos,
 o esto si demasiado es, siquier que, para que besos nos diéramos, te abrieras?
 Y no somos ingratos: que a ti nosotros debemos confesamos,
 el que dado fue el tránsito a nuestras palabras hasta los oídos amigos.
     

Tales cosas desde su opuesta sede en vano diciendo,
 al anochecer dijeron «adiós» y a la parte suya dieron
 unos besos cada uno que no arribarían en contra.
 La siguiente Aurora había retirado los nocturnos fuegos,
 y el sol las pruinosas hierbas con sus rayos había secado.
 Junto al acostumbrado lugar se unieron. Entonces con un murmullo pequeño,
 de muchas cosas antes quejándose, establecen que en la noche silente
 burlar a los guardas y de sus puertas fuera salir intenten,
 y que cuando de la casa hayan salido, de la ciudad también los techos abandonen,
 y para que no hayan de vagar recorriendo un ancho campo,
 que se reúnan junto al crematorio de Nino y se escondan bajo la sombra
 del árbol: un árbol allí, fecundísimo de níveas frutas,
 un arduo moral, había, colindante a una helada fontana.
 Los acuerdos aprueban; y la luz, que tarde les pareció marcharse,
 se precipita a las aguas, y de las aguas mismas sale la noche.
    

Astuta, por las tinieblas, girando el gozne, Tisbe
 sale y burla a los suyos y, cubierto su rostro,
 llega al túmulo, y bajo el árbol dicho se sienta.
 Audaz la hacía el amor. He aquí que llega una leona,
 de la reciente matanza de unas reses manchadas sus espumantes comisuras,
 que iba a deshacerse de su sed en la onda del vecino hontanar;
 a ella, de lejos, a los rayos de la luna, la babilonia Tisbe
 la ve, y con tímido pie huye a una oscura caverna
 y mientras huye, de su espalda resbalados, sus velos abandona.
 Cuando la leona salvaje su sed con mucha onda contuvo,
 mientras vuelve a las espesuras, encontrados por azar sin ella misma,
 con su boca cruenta desgarró los tenues atuendos.
 Él, que más tarde había salido, huellas vio en el alto
 polvo ciertas de fiera y en todo su rostro palideció
 Píramo; pero cuando la prenda también, de sangre teñida,
 encontró: «Una misma noche a los dos», dice, «amantes perderá,
 de quienes ella fue la más digna de una larga vida;
 mi vida dañina es. Yo, triste de ti, te he perdido,
 que a lugares llenos de miedo hice que de noche vinieras
 y no el primero aquí llegué. ¡Destrozad mi cuerpo
 y mis malditas entrañas devorad con fiero mordisco,
 oh, cuantos leones habitáis bajo esta peña!
 Pero de un cobarde es pedir la muerte». Los velos de Tisbe
 recoge, y del pactado árbol a la sombra consigo los lleva,
 y cuando dio lágrimas, dio besos a la conocida prenda:
 «Recibe ahora» dice «también de nuestra sangre el sorbo»,
 y, del que estaba ceñido, se hundió en los costados su hierro,
 y sin demora, muriendo, de su hirviente herida lo sacó,
 y quedó tendido de espalda al suelo: su crúor fulgura alto,
 no de otro modo que cuando un caño de plomo defectuoso
 se hiende, y por el tenue, estridente taladro, largas
 aguas lanza y con sus golpes los aires rompe.
 Las crías del árbol, por la aspersión de la sangría, en negra
 faz se tornan, y humedecida de sangre su raíz,
 de un purpúreo color tiñe las colgantes moras.


 He aquí que, su miedo aún no dejado, por no burlar a su amante,
 ella vuelve, y al joven con sus ojos y ánimo busca,
 y por narrarle qué grandes peligros ha evitado está ansiosa;
 y aunque el lugar reconoce, y en el visto árbol su forma,
 igualmente la hace dudar del fruto el color: fija se queda en si él es.
 Mientras duda, unos trémulos miembros ve palpitar
 en el cruento suelo y atrás su pie lleva, y una cara que el boj
 más pálida portando se estremece, de la superficie en el modo,
 que tiembla cuando lo más alto de ella una exigua aura toca.
 Pero después de que, demorada, los amores reconoció suyos,
 sacude con sonoro golpe, indignos, sus brazos
 y desgarrándose el cabello y abrazando el cuerpo amado
 sus heridas colmó de lágrimas, y con su llanto el crúor
 mezcló, y en su helado rostro besos prendiendo:
 «Píramo», clamó, «¿qué azar a ti de mí te ha arrancado?
 Píramo, responde. La Tisbe tuya a ti, queridísimo,
 te nombra; escucha, y tu rostro yacente levanta».
 Al nombre de Tisbe sus ojos, ya por la muerte pesados,
 Píramo irguió, y vista ella los volvió a velar.
     

La cual, después de que la prenda suya reconoció y vacío
 de su espada vio el marfil: «Tu propia a ti mano», dice, «y el amor,
 te ha perdido, desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo
 esto, una mano, hay también amor: dará él para las heridas fuerzas.
 Seguiré al extinguido, y de la muerte tuya tristísima se me dirá
 causa y compañera, y quien de mí con la muerte sola
 serme arrancado, ay, podías, habrás podido ni con la muerte serme arrancado.
 Esto, aun así, con las palabras de ambos sed rogados,
 oh, muy tristes padres mío y de él,
 que a los que un seguro amor, a los que la hora postrera unió,
 de depositarles en un túmulo mismo no os enojéis;
 mas tú, árbol que con tus ramas el lamentable cuerpo
 ahora cubres de uno solo -pronto has de cubrir de dos-,
 las señales mantén de la sangría, y endrinas, y para los lutos aptas,
 siempre ten tus crías, testimonios del gemelo crúor»,
 dijo, y ajustada la punta bajo lo hondo de su pecho
 se postró sobre el hierro que todavía de la sangría estaba tibio.
 Sus votos, aun así, conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres,
 pues el color en el fruto es, cuando ya ha madurado, negro, 

 y lo que a sus piras resta descansa en una sola urna».


Especialmente dedicado a Javier. 

8 jul 2011

La tradición del epigrama en la literatura latina antes de Marcial.

Etimológicamente el término epigrama se usa para referirse a las composiciones destinadas a ser grabadas en piedra. Así pues los primeros epigramas fueron composiciones breves pensadas para su inscripción con carácter votivo o funerario. Este tipo de epigrama arcaico está perfectamente documentado en Roma, pudiendo adscribirse a este tipo de poesía los primitivos "elogia", composiciones laudatorias en honor de difuntos, todavía en versos saturnios.

El epigrama literario, difundido extraordinariamente en época helenística, tiene su origen en estas inscripciones y de ellas toman gran parte de las características del género: brevedad, concisión, ingenio y vivacidad expresiva. El epigrama literario, concebido para ser leído o recitado, extiende su temática y pasa a expresar la más variada gama de sentimientos; encontramos epigramas eróticos, satíricos, costumbristas, festivos y, por supuesto, fúnebres.

La historia del epigrama latino puede retrotaerse también a las inscripciones funerarias, escritas en el antiguo metro saturnio. Uno de los padres de la literature romana, Ennio, también cultivo el género.
Poco se sabe del epigrama literario arcaico y la mayoría de las noticias de los gramáticos antiguos al respecto son confuses; conservamos un verso de Pompilio, un epigrama satirico del igualmente desconocido Papinio, transmitido por Varón, y alguno que otro más de dudosa autoría.

En Roma los primeros epigramas literarios datan de finales del siglo II a. C. y, siguiendo la moda alejandrina, describen en dísticos elegíacos sentimientos amorosos. En la segunda mitad del siglo I a. C. encontramos dentro de la variada obra de C. Valerio Catulo, que fue patrono del epigramista griego Antípatro de Sidón, una importante serie de epigramas en los que narra los vaivenes de su relación con Lesbia así como puyas y críticas a competidores y enemigos. También conservamos tres epigramas sepulcrales atribuidos a Plauto, Nevio y Pacuvio. Igualmente en la Appendix Virgiliana, obra al gusto neotérico y que se piensa que fue escrita por Virgilio en su juventud, figuran una serie de epigramas recogidos con el nombre de Catalepton.

El epigrama se convertirá en un entretenimiento de los hombres cultos, que lo cultivarán en todas las épocas, por ejemplo sabemos que ocasionalmente escribieron epigramas César, Cicerón, Octavio Augusto, Ovidio, Manilio, Séneca, Lucano, Petronio y Plinio el Joven.

Sin embargo el epigrama como forma literario alcanzó su configuración definitiva con Marco Valerio Marcial; él es el único escritor que adopta el epigrama como forma exclusiva para expresar sus ideas y sentimientos, dando a esta composición el carácter que actualmente tiene.


 A continuación os dejo unos cuantos epigramas de Marco Valerio Marcial para que os deleitéis con la exquisitez de su sátira. Os recuerdo que ya existe una entrada con otros epigramas del mismo autor.

"Aunque tienes las estanterías llenas de libros, 
¿por qué, Sosibiano, no publicas nada? 
"Mis herederos publicarán", respondes, "mis poemas". 
¿Cuándo? Ya es hora, Sosibiano, de que se te lea." 
Libro 4, 33.


"Quieres que te folle, pero no quieres, Sofeya, bañarte conmigo. 
No sé que es, pero algo muy horrible me sospecho: 
o fláccidos senos cuelgan de tu pecho 
o temes mostrar desnuda las arrugas de tu vientre 
o tu sexo se abre desgarrado por una descomunal raja 
o algo sobresale de los labios de tu coño. 
Mas no es nada de eso, estoy seguro: desnuda eres bellísima. 
Si eso es verdad, tienes un defecto peor: eres una sosaina."
Libro 3, 45.

"Te perdono que goces prolongando la noche con demasiadas copas de vino: tienes, Gauro, el vicio de Catón. Por escribir versos que no tienen nada que ver con las Musas y con Apolo, debes ser alabado: tienes el defecto de Cicerón. Porque vomitas, el de Antonio, porque te entregas a los placeres de la mesa, el de Apicio. Porque las chupas, dime, ¿de quién tienes el vicio? "
Libro 2, 89.‬

"Siempre que te levantas de la silla –lo he advertido ya muchas veces- tus miserables túnicas, Lesbia, te dan por el culo. Cuando intentas sacarlas tirando con la derecha, cuando intentas con la izquierda, las arrancas con lágrimas y gemidos: de tal manera son apelmazadas por la Simplégada de tu gran culo y penetran en tus nalgas enormes y oscuras. ¿Quieres corregir ese defecto horrible? Te diré cómo: Lesbia, te propongo que ni te levantes, ni te sientes."
Libro 11, 99.

31 may 2011

Achilles and Patroclus


The relationship between Achilles and Patroclus is a key element of the myths associated with the Trojan War. Its exact nature has been a subject of dispute in both the classical period and modern times. In the Iliad, it is clear that the two heroes have a deep and extremely meaningful friendship. Contemporary readers are more likely to interpret the two heroes either as non-sexual "war buddies", or as an egalitarian homosexual couple.

Due to this strong relationship, the death of Patroclus becomes the prime motivation for Achilles to return to battle. The friendship of Achilles and Patroclus is mentioned explicitly in the Iliad. Whether in the context of a tender friendship or military excellence, Homer makes their strong connection clear.

The death of Patroclus underpins a great deal of Achilles' actions and emotions toward the Trojan war for the rest of the poem. Achilles' strongest interpersonal bond is with Patroclus, whom he loves dearly.

The friendship with Patroclus blossomed into overt homosexual love in the fifth and fourth centuries. In the works of Aeschylus, Plato and Aeschines, and as such seems to have inspired the enigmatic verses in Lycophron's third century Alexandra that make unrequited love Achilles' motive for killing Troilus.

In the 5th century BC, in Aeschylus' tragedy The Myrmidons, which is now lost, Aeschylus clearly regarded the relationship as a sexual one and assigned Achilles the role oferastes or protector (since he had avenged his lover's death even though the gods told him it would cost him his own life), and Patroclus the role of eromenos. He tells of Achilles visiting Patroclus' dead body and criticizing him for letting himself be killed. In a surviving fragment of the play, Achilles speaks of a “devout union of the thighs”.

In Plato's Symposium, written around 385 BC, Achilles and Patroclus were viewed as lovers. In the Symposium, Phaedrus holds the two up as an example of divinely approved lovers. He also argues that Aeschylus erred in saying that Achilles was the erastes, "for he excelled in beauty not Patroclus alone but assuredly all the other heroes, being still beardless and, moreover, much the younger, by Homer's account." However, Plato's contemporary, Xenophon, in his own Symposium, had Socrates argue that Achilles and Patroclus were merely chaste and devoted comrades.

Of course, if Achilles and Patroclus represent an egalitarian homosexual pairing, then the time and nature of Achilles' pivotal character development are shaded with gray and open to interpretation.

Specially dedicated to Marouane.

21 may 2011

Marcial y la exquisitez de su sátira.

Hoy he querido que nos alegre el día Marco Valerio Marcial con su especial toque del humor. He hecho una selección personal de los epigramas que más me gustan y os animo a que los leáis. Sin duda, no hemos inventado nada nuevo.

"Como a tu esclavo le duele la polla y a ti, Névolo, el culo,
no hace falta ser adivino para saber lo que haces."
Liber III, LXX.

"Sertorio no acaba ninguna cosa, las empieza todas.
Me imagino que, cuando jode, tampoco termina."
Liber III, LXXIX.

"Te gusta que te partan el culo y, después de partírtelo, Pápilo, lloras.
¿Por qué te dueles, Pápilo, de que te hayan hecho lo que quieres que te hagan?
¿Te arrepientes de tu obcena comenzón?¿O más bien lloras porque han dejado de partirte el culo?"
Liber IV, XLVIII.

"Filénide siempre llora con uno de los dos ojos.
¿Cómo lo hace, me preguntáis? Es tuerta"
Liber IV, LXV.

"¿Por qué sólo tiene eunucos tu querida Celia, preguntas,
Pánico? Celia quiere que la jodan, no parir".
Liber VI, LXVII.

3 may 2011

El muchachito de Pérgamo

Pone Petronio en boca de nuestro poeta lascivo, Eumolpo el siguiente relato un tanto picante y con alguna reminiscencia a nuestros días, que espero, os guste.

"Cuando el servicio militar me llevó a Asia en el séquito del cuestor, se me dio alojamiento en Pérgamo. Estaba allí muy a gusto por lo confortable de la casa, y sobre todo porque el hijo de mi huésped era toda una belleza. Inventé un procedimiento para ser su amante sin excitar las sospechas del padre. Siempre que en la mesa se trataba de la corrupción de menores bien parecidos, me indignaba tan vivamente, me negaba con tan seria austeridad a oír hablar de esas obscenidades, que todos, pero especialmente la madre, me miraban como a uno de los siete sabios. Ya era yo el encargado de acompañar al joven al gimnasio, ya era yo el que dirigía sus estudios, yo quien le daba lecciones y consejos para que ningún seductor entrara en casa.

Un día que estábamos acostados en el comedor (pues una solemnidad había abreviado aquel día la tarea escolar y por pereza no nos habíamos movido del comedor después de la prolongada fiesta), a eso de la media noche comprendí que el muchacho estaba despierto. Con tímido susurro pronuncié el siguiente voto: "Diosa Venus, si yo llego a besar a ese muchacho sin que él se entere, mañana le regalaré un par de palomas". Al oír el precio asignado a mi capricho, el muchacho empezó a roncar. Así, pues, me acerqué al pequeño comediante y le planté unos cuantos besos. Satisfecho de este primer paso, me levanté muy de mañana y le traje el hermoso par de palomas que él estaba esperando. Mi voto quedaba cumplido.

La noche siguiente, dándoseme idéntica oportunidad, formulé un nuevo voto: "Si puedo acariciarlo con mano libertina sin que él se entere, como premio por su complacencia le daré un par de gallos de los más bravos." Ante esa promesa, el joven se me acercó espontáneamente; sin duda le entró miedo de que yo me quedara dormido. Accedí, pues, a su impaciencia y saboreé todas las delicias de su cuerpo, sin dar el último paso. Luego, cuando se hizo de día, le di la gran alegría de traerle cuanto había prometido.

Cuando la tercera noche me trajo nueva oportunidad (él se hacia el dormido), me levanté y le dije al oído: "Dioses inmortales, si logro dar a este joven dormido un gozo completo, en pago de mi felicidad le daré mañana un corcel macedónio, un verdadero ejemplar, pero con una condición: que el muchacho no se entere de nada." Nunca había tenido el joven un sueño tan profundo. Empecé, pues, por posar mis manos en su pecho de blancura inmaculada; luego, siguió un apretado beso y por último un abrazo que colmó de una vez por todas mis ansias. Por la mañana, sentado en la habitación, esperaba mi regalo habitual. Pero ya se sabe, es bastante más sencillo comprar unas palomas o unos gallos que un corcel; además, temía que un regalo tan considerable excitara sospechas sobre tanta generosidad de mi parte. Por lo tanto, tras un paseo de varias horas, volví a casa sin darle más que un beso. Pero él, mirando alrededor y colgándoseme al cuello para abrazarme, exclama: "Dime, maestro, ¿dónde está el corcel?"

Aunque con mi deslealtad me había cerrado la puerta que tenía abierta, pude ganar su confianza otra vez. Pasados unos días, como unas circunstancias análogas nos habían colocado ante la misma oportunidad, en cuanto oí roncar al padre empecé a suplicar al joven que se reconciliara conmigo, es decir, que accediera a dejarse querer; usé todos los argumentos que dicta una vehemente pasión. Pero él, muy enfadado no hacía más que repetir: "¡Duérmete, o ahora mismo se lo digo a mi padre!" No hay obstáculo que la tenacidad no logre derribar. Mientras él seguía repitiendo que despertaría a su padre, yo me deslicé a su lado y, aunque aparentaba resistirse, le hice el amor. No le disgustó del todo mi descaro y, después de quejarse ampliamente de que yo lo hubiese engañado, burlado y ridiculizado ante sus compañeros a quienes él había hecho grandes elogios de mi generosidad: "Para que veas que no soy como tú: si quieres vuelve a hacérmelo (dijo)." Así, pues, olvidando todo resentimiento, me reconcilié con el muchacho, aproveché sus complacencias y me dejé caer dormido. Aún no quedaba satisfecho aquel joven en plena forma y especialmente inclinado a la pasividad. Me sacó, pues, de mi sopor diciendo: "¿Quieres algo más de mí?"Aún no me disgustaba del todo la oferta. Como pude, entre suspiros y sudores, accedí a su petición y, agotado de felicidad, me quedé nuevamente dormido. Menos de una hora más tarde, empezó a pellizcarme de nuevo, diciendo: "¿Por qué no repetimos?" Harto ya de que me despertara tantas veces, exploté enfurecido y volví contra él sus propias palabras: ¡Duérmete, o ahora mismo se lo digo a tu padre!"

Satiricón, 85,4- 88.

30 abr 2011

Lamento de Odiseo



Hay pasajes que tras leerlos no logran llamar tu atención, pero hay otros en cambio, que consiguen marcarte.
Alrededor del s.VIII a.C, un tal Homero, del que casi nada se sabe hoy, escribió esto, el viaje de Odiseo al Hades en busca de respuestas, pero allí se encontró a su madre, la cual seguía viva antes de partir hacia Troya 20 años antes.
“Madre mia, preciso me fue descender hasta el Hades a tratar con el alma del cadmio Tiresias: de cierto que a las costas de Acaya no más me acerqué ni he pisado nuera tierra de nuevo, alejado en dolor desde el día que escolté a Agamenon, el divino, con rumbo hacia Troya, la de los buenos caballos, dispuesto a luchar con los teucros. Pero ahora pon mente a mi ruego y explica esto otro: ¿ qué destino te vino a abatir en la muerte penosa? ¿ Una larga dolencia? ¿ O bien la saetera Artemisa te mató disparando sus flechas suaves? Mas dime de mi padre y el hijo que allí dejé: ¿ por ventura en mi puesto de honor se mantiene aún o ha pasado a algún otro de allá sin que nadie ya piense en mi vuelta? De mi esposa refiere también: ¿ que proyecta, que hace? ¿Sigue al lado del niño guardándolo todo fielmente o casó con algún hombre aqueo mejor que los otros?“
Dije así y al momento repuso la reina, mi madre:
“Bien de cierto que allí se conserva con alma paciente sin salir de casa: entre duelos se pasan sus noches y entre duelos sus días, con lágrimas siempre. Ninguno te ha quitado hasta ahora tu reino glorioso: tranquilo las haciendas gobierna Telémaco y tiene su parte en los buenos banquetes cual cumple a quien falla justicias, pues se ve agasajado por todos. Tu padre, entretanto, en el campo se está, nunca baja al poblado. Sus lechos no son catres ni mantas ni colchas de telas brillantes: en invierno su cama es la misma en que duermen los siervos, la ceniza al amor del ogar con sus pobres vestidos; mas, llegada la buena estación y la rica otoñada, cuando, al halda del monte en que tiene el viñedo, las hojas al caer van formando por sus rústicos lechos, allá vase a dormir con su pena. Su angustia se acrece añorándote a ti, pues la dura vejez se le acerca.
Esta ha sido mi muerte también, tal cumplí mi destino: no acabó mi existencia en palacio la gran flechadora, la de tiro infalible, lanzando sus blandas saetas, ni cayó sobre mí enfermedad como aquellas que suelen, en fatal consunción, arrancar de los miembros el alma; no, mi Ulises, mi luz, fue mi pena por ti, fue el recuerdo, fue tu misma bondad quien dio muerte a mi gozo y mi vida”

Píndaro


Tenemos pocas noticias fiables sobre su biografía, a pesar de las seis Vidas que nos han legado autores antiguos. Sabemos que nació en Cinocéfalos, Beocia, hacia el518 a.C. y que, según la tradición, pertenecía a una familia aristocrática. De hecho,en la Vª Pítica él mismo parece afirmar que procede del linaje de los egeidas, por lo que a menudo manifestará en sus obras una especial simpatía por las instituciones dorias.
Pasa su infancia y primera juventud en Tebas y en Atenas, donde fue discípulo deAgatocles. Muy joven aún, participa en un certamen de poesía en el que es vencido por la poetisa Corina de Tanagra. Fue ella, y en esta ocasión, quien le aconsejó “sembrar a manos llenas, no a sacos llenos“. La primera oda pindárica es la Xª Pítica y fue compuesta cuando el autor apenas contaba veinte años. Pronto se convierte en un renombrado poeta. Como tal, recorre las principales cortes aristocráticas de Grecia: Cirene, Siracusa,…
Ante la invasión de los persas, adoptó una actitud de transigencia con el enemigo que era la interesada política de su patria tebana. En esta cuestión, Píndaro chocó con otro importante poeta, Baquílides, que había adoptado un punto de vistapanhelénico y propugnaba la resistencia enconada ante los persas, que ve como una amenaza sobre el conjunto de toda la Hélade. Píndaro muere en Argos en 438 a.C..

Baquílides


No se conoce mucho sobre la vida de Baquílides. Era sobrino y discípulo del poetaSimónides de Ceos, a quien siguió a la corte de Hierón I de Siracusa. Viajó después por Tesalia y Macedonia. Además de epinicios, compuso himnos a los dioses y soberanos, como Alejandro I de Macedonia, hijo de Amintas I. Pasó largo tiempo enAtenas, donde participó en numerosos concursos. Tal vez retornó a Ceos, donde cantó al atleta Lacón en las odas sexta y séptima. Según ciertos autores, se exilió refugiándose en Esparta, si no marra su interpretación de la oda novena y delditirambo Idas en que se funda esta conjetura.
No pertenecía al clan de las doscientas familias y, como Píndaro, se dedicaba a elaborar epinicios, una especie de odas triunfales destinadas a cantar las victorias de los atletas y aurigas en los juegos Olímpicos. Una vez le arrebató un encargo al famoso Píndaro de manos nada menos que de Hierón de Siracusa, lo que el poeta, adversario suyo y de su tío Simónides, no le perdonó jamás.

Simónides de Ceos


Aunque jonio, fue llamado a Atenas hacia el año 526 adC por la corte del tiranoHiparco; luego marchó a Tesalia con su sobrino, el también poeta y discípulo suyoBaquílides. Allí se relacionó con la aristocracia gobernante, los escopadas y los alendas. Después viajó a Cranón y Farsalia. Vuelto a Atenas cantó las hazañas de los griegos en la batalla de Maratón, con lo que se hizo muy popular. Terminó su vida en la corte del tirano de Siracusa Hierón I. Escribió para diversos mecenas en gran variedad de metros y géneros: epigramas (principalmente epicedios como el de los trescientos espartanos de Leónidas, e inscripciones votivas), elegías patrióticas y morales, peanes, hiporquemas, y obras de lírica coral, como himnos, odas, epinicios,trenos y ditirambos, pero solamente una pequeña parte de su obra ha sobrevivido.
Sí se han conservado bastantes anécdotas sobre su tacañería así como la noticia, transmitida por Cicerón en su De oratore, de que fue uno de los fundadores de lamnemotecnia, en concreto de la técnica o sistema de la localización que permitía a un orador recordar larguísimos discursos compuestos previamente por un logógrafo, técnica que expone Quintiliano, en su famosa Institutio oratoria, y que consistía en visualizar o situar mentalmente en los distintos lugares de un templo conocido por el expositor las distintas partes del discurso trazando un itinerario según el orden requerido. Al parecer, en el año 500 adC estaba en un banquete cuando se ausentó brevemente, salvándose así de morir aplastado por el derrumbe del techo; y fue el único en poder reconocer los destrozados cuerpos de dichos comensales al recordar los lugares donde estaban sentados. También se suele recordar bastante en poéticasu afirmación de que “la poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda”, lo que se considera origen del tópico horaciano de ut pictura poesis. También es el autor de una famosa definición de justicia, según la cual esta es “la obligación de dar a cada uno lo que se le debe”.