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11 nov 2011

De Antinoo y Adriano


Aunque Antínoo es en realidad un personaje bastante poco conocido, su significado actual no depende tanto de los acontecimientos de su vida como de su enaltecimiento posterior, del que han llegado numerosos testimonios hasta nuestros días. Ya en la Antigüedad, los pocos datos auténticos acerca de su vida se mezclaron con leyendas. La fascinación que hasta hoy ejerce Antínoo se basa, fundamentalmente, en su relación con el emperador Adriano y en las numerosas obras de arte que fueron creadas en memoria suya. La personalidad que subyace a los escasos datos y las obras de arte no ha podido ser reconstruida mediante la investigación histórica.

Se sabe con certeza que Antínoo nació en Bitinio-Claudiópolis, ciudad de la región de Bitinia, en el noroeste de Asia Menor, entre los años 110 y 115. En uno de sus viajes, Adriano, el emperador quedó impresionado por el bello adolescente. En la actualidad no puede precisarse si el primer encuentro entre los dos se produjo ya durante la primera estancia de Adriano en Bitinia, en 121, o en 124. Desde el momento de su encuentro, y hasta su muerte, Antínoo acompañó al emperador en todos sus viajes.

Durante toda su vida, Adriano aspiró al ideal de vida griego. Según la visión que del mismo tenían los romanos, de este ideal de vida formaba parte el hecho de ir con efebos, en la cual el hombre adoptaba el papel de mentor del adolescente en todos los aspectos de la vida. La tradición cristiana y la interpretación moderna de la “pederastia” la reducen generalmente a su componente sexual, ignorando las muestras de amor. Por otro lado, se sabe que el emperador estaba descontento de su matrimonio con su esposa Vibia Sabina.

Sobre la naturaleza precisa de las relaciones entre Antínoo y Adriano la información es muy escasa. El poeta Páncrates de Alejandría, contemporáneo de Adriano, hace referencia a un hecho que tuvo lugar en el desierto de Libia. Según este autor, Adriano dio muerte a un león con una jabalina poco antes de que atacase a Antínoo. En el lugar en que la sangre del león goteó sobre la arena, habría surgido la "flor de Antínoo", el antinóeios (flor de loto de color rojo). Es imposible saber si el acontecimiento se basa en un hecho que tuvo lugar realmente o si se trata simplemente de un añadido posterior para embellecer la vida del personaje.

También las circunstancias de la temprana muerte de Antínoo están entremezcladas con leyendas. Está firmemente establecido que el joven cayó al río Nilo el 30 de octubre del 130 o poco antes, cerca de la ciudad de Besa, en el Egipto medio, y se ahogó ante la mirada de Adriano. Dion Casio y Aurelio Víctor, que escribieron en fecha muy posterior, explican que las circunstancias de su muerte no estaban claras. Según una de las versiones recogidas por los historiadores, la muerte de Antínoo fue un accidente. Según otra versión, Antínoo se habría sacrificado por el emperador, para asegurarle, mediante este sacrificio, una vida larga y afortunada. Antínoo habría sabido por un astrólogo que su suicidio brindaría al emperador la posibilidad de seguir viviendo después del plazo que le había sido asignado por los hados. Retrospectivamente, no puede tampoco descartarse la hipótesis de una intriga palaciega. La esposa de Adriano no debió quedar demasiado afligida por la muerte de su competidor.

Inmediatamente después de su muerte, posiblemente incluso desde el mismo día en que ésta tuvo lugar, Adriano, profundamente dolido, comenzó el enaltecimiento de su joven compañero. En el mismo escenario del infortunado acontecimiento, a orillas del Nilo, en el Egipto Medio, ordenó levantar, según el modelo helenístico, la ciudad de Antinoópolis o Antínoe. La ciudad y sus habitantes recibieron del emperador privilegios y favores completamente inusuales. En la misma ciudad se levantó también, posiblemente, el monumento funerario del favorito imperial. La construcción es mencionada en una inscripción jeroglífica sobre un obelisco hoy emplazado en Roma. Probablemente el obelisco estaba originalmente situado también en Antinoópolis, y simbolizaba el lugar del renacimiento del fallecido, según las creencias del Antiguo Egipto.

Inmediatamente después de la muerte del joven, comenzó su adoración como divinidad o, al menos, como héroe. Los cultos a Antínoo se establecieron sobre todo en las provincias orientales del Imperio Romano, de fuerte impronta griega Esto se debió a varias razones. Ya desde el período helenístico existía la tradición de deificar a algunos hombres después de su muerte. Además, varias ciudades griegas deseaban halagar con ello al emperador amigo de los griegos. Antínoo fue asociado o identificado con dioses como Dionisos. En Egipto, su identificación con Osiris tuvo un significado especial. Solo la muerte por ahogamiento durante la crecida sagrada del Nilo ya implicaba para los egipcios la exaltación: también el dios Osiris se había ahogado en el Nilo, de acuerdo con la mitología egipcia, por lo cual la consagración del joven como "Osiris-Antínoo" u "Osirantínoo" no fue tan sorprendente. Como el gran dios, después de su deificación, Antínoo podía recibir plegarias y curar a los enfermos.

En muchas de las ciudades del Imperio comenzó, poco después de la muerte de Antínoo, la erección de templos y la institución de sacerdocios para su culto. En su honor se organizaron unas competiciones musicales y deportivas, similares a los Juegos Panhelénicos, las Panateneas y los Ptolemaicos, las Antinóeia. Además de Antinoópolis y de la ciudad natal de Antínoo, Bitinio-Claudiópolis, fueron centros del culto de la nueva deidad las ciudades de Alejandría, en Egipto, y Mantinea, en la región griega de Arcadia, así como Lanuvium, en el Lacio. Allí se celebraban cada cuatro años los Grandes Juegos de Antínoo. Por todo el Imperio se han descubierto inscripciones en su honor, además de en Roma, por ejemplo en Lanuvium y en Tívoli. En numerosos lugares se erigieron estatuas y se acuñaron monedas con la efigie del difunto. El filósofo Numenio de Apamea escribió al emperador una Consolatio y los poetas Mesomedes, Ateneo y Páncrates compusieron poemas sobre Antínoo. Además hay constancia de otro poema de autor desconocido. Probablemente el punto más alto en la exaltación del joven de Bitinia llegó cuando se dio su nombre a una constelación.

El culto de Antínoo alcanzó su máximo desarrollo en los años transcurridos entre su muerte (130) y la de su protector, Adriano (138). No ha llegado hasta nosotros cuál fue la opinión de los contemporáneos del emperador sobre este culto casi obsesivo a un hombre. Sin embargo, la devoción parece haber sido en parte auténtica. En la parte oriental del Imperio Antínoo era considerado un héroe a causa de su presunta muerte sacrificial en beneficio de su amigo y protector. Los primeros autores cristianos, sin embargo, lo vieron de forma enteramente distinta. No hicieron referencia ni a su supuesta muerte sacrificial ni a las misteriosas circunstancias de su muerte. Lo juzgaron, en cambio, de forma muy crítica, no exenta de polémica. Por una parte vieron en él a un infeliz dios mítico creado por el hombre, y por otra, como a un efebo amante del emperador, objeto de sus prácticas homosexuales. Antínoo, sobre todo para los Doctores de la Iglesia del siglo IV, se convirtió en un símbolo de la corrupción moral romana y de la irracionalidad de su politeísmo. Pero es lo que tiene toparse con la Iglesia.

Casi en paralelo al redescubrimiento del arte antiguo, durante el Renacimiento se dio también un redescubrimiento de Antínoo. Al comienzo la atención estuvo centrada solo en su representación en el arte, y no en la persona o la leyenda del joven bitinio. Para este redescubrimiento fue decisivo que existiesen numerosas obras de arte en los dominios de la escultura y la numismática, justamente los ámbitos en que comenzó la investigación del arte antiguo. Además, se averiguó también muy pronto que el tipo de Antínoo representaba una muestra particularmente clásica de la escultura de la Antigüedad. Con el tiempo llegarían incluso a ser tomadas por retratos de Antínoo algunas estatuas que en realidad representaban a alguna otra divinidad.

10 nov 2011

De Delfos y la Ptia


Emplazado en un agreste paraje del golfo de Corinto, en la Grecia central, Delfos muestra las ruinas del que en su día fue el oráculo más famoso del mundo. A 600 metros de altura respecto al nivel del mar, el lugar estuvo consagrado inicialmente a la diosa de la tierra, Gea.

Zeus soltó dos águilas desde los extremos de la tierra y ambas se cruzaron en Delfos, señalando el centro del mundo. Allí fue situada una piedra conocida como el onfalos ("el ombligo"). Otra leyenda afirma que su hijo Apolo mató en el lugar a una monstruosa serpiente llamada Pitón y asentó su oráculo en el lugar que ocupaba el de Gea, utilizando a una sacerdotisa llamada Pitonisa, como médium para responder a los visitantes.

En un principio la pitonisa era una joven sacerdotisa virgen, pero cuando una de ellas fue raptada y violada se decidió utilizar a mujeres de más de cincuenta años. Llegaron a ser necesarias tres, que se turnaban para responder las preguntas.

Peregrinos de toda Grecia e incluso extranjeros se acercaban al oráculo caminando desde Atenas o en barco hasta el puerto llamado Itea en la actualidad. Llegados al magnífico templo de Apolo ascendiendo el Monte Parnaso por la Via Sacra, se purificaban en las aguas de la fuente de Castalia. Entonces salpicaban una cabra con agua fría y si temblaba con todo el cuerpo era sacrificada y el peregrino autorizado a hacer su pregunta. Luego pagaba su tarifa y esperaba a ser atendido. La pitonisa recibía la pregunta escrita en una tablilla y entraba en trance para responderla. Un sacerdote interpretaba los balbuceos y la escribía en verso entregándosela al peregrino.

Las respuestas solían ser más consejos que verdaderas predicciones, y eran tan famosas por su ambigüedad como por sus aciertos, que no sólo elevaron a Delfos a la consideración del oráculo más fiable, sino que lo hicieron mantenerse en este lugar durante varios cientos de años.

Independizado en el 589 a.C. se vio afectado por las rivalidades entre las grandes ciudades y por dos guerras santas que sirvieron para saquearlo. La politización del oráculo, que protagonizó su actividad en los últimos siglos antes de nuestra era, le restó credibilidad y comenzó su decadencia. En el siglo II a.C. fue conquistado por Roma, y Nerón saqueó en torno al 60 d.C. más de 500 estatuas del oráculo. También Sila y los emperadores cristianos contribuyeron con sus expolios a acelerar el ocaso del lugar.

Fue oficialmente clausurado por Teodosio hacia 385, pero algunos años antes el propio oráculo había dejado clara su situación ante una consulta del emperador Juliano:

"Dile al rey esto: el templo glorioso ha caído en ruinas; Apolo ya no tiene techo sobre su cabeza; las hojas de los laureles están silenciosas, las fuentes y arroyos proféticos están muertos."

15 ago 2011

De Príamo el suplicante


Tiempo después de los Juegos Fúnebres en honor a Patroclo, en medio de una noche oscura, un anciano se desplazaba con sumo cuidado y pericia a través del campamento de los griegos. Se trataba del viejo rey Príamo. Éste se hallaba cerca de la tienda del Peleida Aquiles y con ligereza se adentró en ella buscando la benevolencia del asesino de su amado hijo. Y con estas palabras habló el anciano:

"¡Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses,
que tiene mi misma edad y está en el funesto umbral de la vejez!
También a él los vecinos que habitan alrededor sin duda lo
atormentan, y no hay quien aparte de él la ruina y el estrago.
Sin embrago, aquél, mientras sigue oyendo que tú estás vivo,
se alegra en el ánimo y espera cada día
ver a su querido hijo que vuelve de Troya.
Pero mi desdicha es completa: he engendrado los mejores hijos
en la ancha Troya, y de ellos afirmo que ninguno me queda.
Cincuenta tenía cuando llegaron los hijos de los aqueos:
diecinueve me habían nacido de un mismo vientre,
y otras mujeres habían alumbrado en el palacio a los demás.
A la mayoría el impetuoso Ares les ha doblado las rodillas,
y el único que me quedaba y protegía la ciudad y a sus habitantes
hace poco lo has matado cuando luchaba en defensa de su patria,
Héctor. Por él he venido ahora a las naves de los aqueos,
para rescatarlo de tu poder, y te traigo inmensos rescates.
Respeta a los dioses, Aquiles, y ten compasión de mí
por la memoria de tu padre. Yo soy aún más digno de piedad
y he osado hacer lo que ningún terrestre mortal hasta ahora:
acercar a mi boca la mano del asesino de mi hijo."

Habiendo dicho tal cosa, Aquiles ayudó a incorporarse al anciano. El rescate acordado fue el peso de Héctor en oro. En consecuencia los griegos colocaron una balanza fuera de las murallas de la ciudad, pusieron el cadáver en un platillo e invitaron a los troyanos a amontonar oro en el otro. Cuando el tesoro de Príamo quedó limpio de lingotes y joyas y el gran cuerpo de Héctor todavía pesaba más en su platillo, Políxena, que observaba desde la muralla, arrojó sus brazaletes para aportar el peso que faltaba. Lleno de admiración, Aquiles le dijo al rey Príamo que de buena gana cambiaría el cadáver de Héctor por Políxena; si éste la casaba con él, Aquiles se comprometía a hacer la paz entre los troyanos y los aqueos.

Una vez que Príamo se hizo con el cadáver de su amado hijo, dispuso que se celebrara el funeral conforme a la costumbre troyana. Tan grande fue el bullicio que se produjo en los funerales de Héctor, ya por los lamentos de los troyanos, y los griegos tratando de hacer que no se oyeran sus cantos fúnebres con gritos y silbidos, que las aves que volaban sobre ellos caían aturdidas por el ruido.


14 ago 2011

De la muerte de Héctor



Tras la terrible noticia de la muerte de Patroclo, Tetis se introdujo en la tienda de su hijo llevando consigo una nueva armadura, que incluía un par de valiosas grebas forjadas a toda prisa por Hefesto. Aquiles se puso la armadura, hizo la paz con Agamenón y salió para vengar a Patroclo. Nadie podía enfrentarse a su ira. Los troyanos se desbandaron y huyeron al Escamandro, donde los dividió en dos cuerpos, empujando a uno de ellos a través de la llanura hacia la ciudad y acorralando al otro en un recodo del río. El dios fluvial, furioso, se lanzó contra él, pero Hefesto se puso de parte de Aquiles y secó las aguas con una llama abrasadora. Los supervivientes troyanos volvieron a la ciudad como una manada de ciervos asustados.

Cuando Aquiles se encontró por fin con Héctor y le obligó a librar un combate cuerpo a cuerpo, los ejércitos de ambas partes retrocedieron y se quedaron observando asombrados. Héctor se volvió y echó a correr alrededor de las murallas de la ciudad. Con esa maniobra esperaba cansar a Aquiles, que había estado mucho tiempo inactivo y por tanto creía que enseguida se quedaría sin aliento. Pero se equivocó. Aquiles le persiguió tres veces alrededor de las murallas, y siempre que trataba de refugiarse en una puerta, contando con la ayuda de sus hermanos,  le salía al paso y se lo impedía. Por fin Héctor se detuvo y le hizo frente, y entonces Aquiles le atravesó el pecho y rechazó su súplica de moribundo de permitir que rescataran su cadáver para enterrarlo. Después de apoderarse de la armadura, Aquiles le cortó la carne que rodeaba los tendones de los talones. Luego pasó unas tiras de cuero por los cortes, las ató a su carro y, fustigando a los caballos Balio, Janto y Pedaso, arrastró el cuerpo de Héctor tres veces alrededor de las murallas de la ciudad, a la vista de todos. La cabeza de Héctor, con sus cabellos negros cayendo a ambos lados, levantaba una nube de polvo a su paso.

Cuando llegó al campamento, enterró a Patroclo. Cinco príncipes griegos fueron enviados al monte Ida en busca de madera para la pira funeraria, en la cual Aquiles sacrificó no sólo a los caballos, sino también doce nobles cautivos troyanos, entre los cuales había varios hijos de Priamo, a los que degolló. Incluso amenazó con arrojar el cadáver de Héctor a los perros, pero Afrodita se lo impidió. Después, se declararon diez días de Juegos Fúnebres en honor al difunto Patroclo.



Pero, todavía consumido por el dolor, Aquiles se levantaba todos los días al amanecer para arrastrar tres veces el cadáver de Héctor alrededor de la tumba de Patroclo.

13 ago 2011

De la Ira de Aquiles


Poco tiempo después de reunirse en Áulide, los griegos partieron ofendidos de Ténedos y anclaron sus naves a la vista de Troya. Debió ser una visión aterradora la que tuvieron los troyanos al ver acercarse a sus costas las más de mil naves. Inmediatamente, los teucros corrieron en tropel a la orilla del mar y trataron de rechazar a los invasores con una lluvia de piedras y flechas. Tras tomar la costa y rechazar el ataque troyano, los griegos hicieron de la playa su baluarte. Y así fue como griegos y troyanos entablaron batalla durante nueve años.

Llegó el noveno invierno, y como nunca ha sido una buena estación para la lucha entre naciones civilizadas, los griegos lo pasaron ampliando el campamento y practicando con la ballesta. A veces se encontraban con nobles troyanos en el templo de Apolo Timbre, que era territorio neutral. Y en esta estación todo estaba más o menos en calma.

Después llegó la novena primavera y con ella se reanudaron las batallas. Y es ahora cuando comienza la historia que todos nosotros conocemos. 

Al campamento griego llegó Crises, sacerdote de Apolo, reclamando a su hija Criseida, quien había sido raptada por los aqueos en una escaramuza. Zeus convenció a Agamenón para que despachara al anciano con palabras de oprobio; y Apolo, invocado por Crises, se apostó vengativamente cerca de las naves y se dedicó a arrojar flechas mortales contra los griegos un día tras otro. Centenares de ellos murieron, aunque por fortuna para los aqueos no sufrieron ni los reyes ni los príncipes, y el décimo día Calcante dio a conocer la presencia del dios. A petición suya, Agamenón devolvió de mala gana Criseida a su padre con regalos propiciatorios, pero se resarció de esa pérdida quitando Briseida a Aquiles, a quien ésta había sido asignada como botín de guerra. En vista de ello, Aquiles, furioso, anunció que no volvería a tomar parte en la batalla contra Troya.

Cuando los troyanos se dieron cuenta de que Aquiles y sus mirmidones se habían retirado del campo de batalla, se envalentonaron e hicieron una impetuosa salida. Agamenón, alarmado, concedió una tregua durante la cual Paris y Menelao debían librar un duelo por la posesión de Helena y el tesoro robado. Sin embargo, el duelo resultó indeciso, pues cuando Afrodita vio que Paris estaba siendo derrotado lo envolvió en una niebla mágica y lo llevó de vuelta a Troya. Hera envió entonces a Atenea para que rompiera la tregua haciendo que Pándaro, hijo de Licaón, disparase una flecha a Menelao, cosa que ella hizo; al mismo tiempo que incitó a Diomedes a matar a Pándaro y herir a Eneas y a su madre Afrodita.

Héctor desafió a Aquiles a un combate cuerpo a cuerpo, y cuando éste contestó que se había retirado de la guerra, los griegos eligieron a Áyax el Grande como su sustituto. Los dos paladines lucharon sin pausa hasta la caída de la noche, y fue entonces cuando los heraldos los separaron y cada uno de ellos elogió el valor y la habilidad del otro. Áyax dio a Héctor el brillante tahalí de púrpura que más tarde lo llevó a la muerte; y Héctor regaló a Áyax la espada tachonada en plata con la que más tarde se suicidaría.

Se acordó un armisticio y los griegos erigieron un largo túmulo sobre sus muertos y lo coronaron con una pared detrás de la cual excavaron una trinchera profunda y empalizada. Pero se habían olvidado de apaciguar a los dioses que apoyaron a los troyanos, y cuando se reanudó la lucha fueron rechazados y obligados a cruzar la trinchera y guardarse detrás de la pared. Esa noche los troyanos acamparon cerca de las naves griegas.

Desesperado, Agamenón envió a Fénix, Áyax, Odiseo y dos heraldos para que aplacaran a Aquiles, ofreciéndole innumerables regalos y la devolución de Briseida si volvía a luchar de nuevo. Aquiles recibió a los delegados con una sonrisa afable y anunció que zarpaba de vuelta a su casa a la mañana siguiente.

Pero esa misma noche, cuando la luna estaba alta, Odiseo y Diomedes, estimulados por un auspicio favorable de Atenea, decidieron hacer una incursión en las líneas troyanas. Y provocaron así una lucha feroz en la que resultaron heridos Agamenón, Diomedes, Odiseo, Eurípilo y Macaón, el cirujano. Los griegos huyeron una vez entrada la mañana y Héctor abrió brecha en su muralla. Animado por Apolo, avanzó hacia las naves y, a pesar de la ayuda de Poseidón, cruzó la línea griega. Incluso Áyax el Grande se vio obligado a ceder terreno; y Aquiles cuando vio que salían llamas de la popa de una nave incendiada por los troyanos, olvidó su rencor, reunió a sus mirmidones y corrió con ellos en ayuda de Patroclo, quien había arrojado una lanza a la masa de troyanos reunidos alrededor de la nave de Protesilao. Zeus dejó que Patroclo persiguiera a todo el ejército troyano hacia la ciudad, siendo Héctor el primero en retirarse, gravemente herido por Áyax.

Y mientras los griegos se reagrupaban, Patroclo perseguía a los vencidos, y habría tomado Troya él solo si Apolo no se hubiera apresurado a subir la muralla. La lucha continuó hasta el anochecer, cuando Apolo, envuelto en densa niebla, se acercó por detrás de Patroclo y le asestó un contundente golpe entre los omóplatos. A Patroclo le saltaron los ojos de la cabeza, su yelmo cayó, su lanza se rompió en pedazos, su escudo cayó a tierra, y Apolo le desató el peto severamente. Y cuando Patroclo se alejaba tambaleándose, Héctor, que acababa de volver de la batalla, lo mató de un sólo golpe.

Cuando Aquiles se enteró, se revolcó en el polvo y se entregó a un arrebato de dolor.

31 jul 2011

De los griegos que partieron a Troya


Cuando Paris decidió convertir a Helena en su esposa no esperaba que tendría que pagar el ultraje a la hospitalidad de Menelao. Poco después de los esponsales, Hera mandó a Iris volando a Creta con la noticia de la fuga, y Menelao se apresuró a volver a Micenas, donde pidió a su hermano Agamenón que reclutase un ejército y lo condujese contra Troya. Y éste accedió a hacerlo solamente si los mensajeros que se disponía a enviar a Troya para exigir la vuelta de Helena y la compensación por la afrenta inferida a Menelao volvían sin haber conseguido nada.

Cuando Príamo negó tener el menor conocimiento del asunto y preguntó qué satisfacción se les había dado a sus propios enviados por el rapto de Hesíone, Menelao envió heraldos a todos los príncipes que habían jurado a Tindáreo, años atrás, defender a Helena y a su esposo, y les recordó que la acción de Paris era una afrenta para toda Grecia. Si el delito no se castigaba de una manera ejemplar, en adelante nadie podría estar seguro de que su esposa no corría ningún peligro. Y junto a Néstor de Pilos recorrió todo el continente griego reuniendo a los caudillos de la expedición.

Agamenón, Palamedes y Menelao llegaron a Ítaca, el reino de Odiseo. Éste Odiseo se había casado con Penélope con la ayuda de Tindáreo y se había establecido en Ítaca. Ahora bien, a Odiseo le había advertido un oráculo que si acudía a Troya no volvería hasta pasados veinte años, y lo haría solo e indigente. En consecuencia, simuló estar loco y estos tres reyes lo encontraron llevando una gorra de fieltro en la cabeza con forma de medio huevo, arando con un asno y un buey uncidos juntos en la playa y echando sal a sus espaldas mientras avanzaba. Y en eso que se les ocurrió averiguar si realmente Odiseo estaba loco. Para ello le arrebataron de los brazos de Penélope a su hijo Telémaco, y lo colocaron justo en el camino que trazaba el arado. Así si Odiseo realmente estaba loco pasaría por encima del infante con el arado, y si no lo estaba, daría cuenta de su hijo y lo recogería. Y Odiseo se apresuró en frenar a los animales para que no mataran a su hijo único, con lo que puso de manifiesto su cordura y se vio obligado a unirse a la expedición.

Y con Odiseo enrolado en la expedición griega, se siguió reclutando a la armada griega a través de todo el continente hasta que se creyeron con fuerzas suficientes para conquistar Troya. Pero Calcante, el sacerdote de Apolo, un renegado troyano, había predicho que no se podría tomar Troya sin la ayuda del joven Aquiles, el séptimo hijo de Peleo. De éste contaba que su madre, Tetis, lo sumergió en el río de la laguna Estigia sujetándolo por el talón y lo había convertido en inmortal. Los encargados de buscar al héroe fueron Odiseo, Áyax y Néstor, quienes consiguieron convencerle para que se uniera a la flota griega.  Aquiles tenía un compañero inseparable: su primo Patroclo, que era mayor que él, pero no tan fuerte, ni tan rápido; y quien también se unió a la empresa troyana.

Cuando la flota griega estaba ya congregada en Áulide, una playa en el estrecho de Eubea, los enviados cretenses llegaron para anunciar que el rey Idomeno, hijo de Deucalión, llevaría cien naves a Troya si Agamenón accedía a compartir con él el mando supremo, condición que fue aceptada.

De todos los consejeros que se agruparon en torno a la expedición, Agamenón como su principal caudillo, confiaba más en el rey Néstor de Pilos, cuya sabiduría no tenía rival y cuya elocuencia era más dulce que la miel. Néstor había gobernado sobre tres generaciones de hombres, y pese a su avanzada edad, seguía siendo un combatiente feroz y audaz. Odiseo confiaba en su buen juicio y ambos coincidían en sus consejos para la buena marcha de la guerra.

Antes de zarpar de Áulide, la flota griega recibió provisiones de cereal, vino y otros abastecimientos de Anio, rey de Delos. Éste rey había predicho que la expedición requeriría diez años para hacerse con la ciudad de Troya, y un día mientras Agamenón hacía sacrificios a Zeus y a Apolo, una serpiente azul con marcas de color sangre en el lomo salió de debajo del altar y fue directamente a un sicomoro que crecía en las cercanías. En la rama más alta había un nido de gorriones que contenía ocho crías y su madre. La serpiente los devoró a todos y luego, todavía enrollada en la rama, fue convertida en piedra por Zeus. Calcante explicó que este portento venía a reforzar la profecía de Anio.

Y así, ofendidos como estaban los griegos por la afrenta del rapto de Helena, pusieron rumbo a Troya y anclaron sus naves a la vista de la ciudad.

Se puede consultar más concretamente la composición de la armada griega en el canto II de la Ilíada, en el catálogo de las naves.

29 jul 2011

De un rapto que trajo una guerra


Sabio fue aquel, que al sátiro Marsias le dijo que no se inmiscuyera con los dioses, pues éstos son afables  y terribles a partes iguales. Las intervenciones de los dioses traen el mal a los mortales. Para ello, veamos qué sucedió tras el juicio de Paris.

Pocos días después de que las tres diosas se hubieran alejado del monte Ida, Paris se encontraba con Agelao y sus toros. En eso que llegaron unos sirvientes de la casa real troyana en busca de un buen toro del rebaño de Agelao. Iba a ser el premio en los Juegos Fúnebres que se celebraban anualmente en honor de su difunto hijo. Cuando los sirvientes eligieron el mejor toro, Paris sintió de pronto un deseo irresistible de asistir a los Juegos y corrió tras los criados. Agelao intentó retenerlo, pero sin éxito.

En Troya era costumbre que al terminar la sexta vuelta de la carrera de carros los que se habían presentado para intervenir en el pugilato comenzasen a luchar delante del trono. Paris decidió competir y, a pesar de las súplicas de Agelao, saltó a la arena y ganó la corona, por puro valor más que por destreza. También ganó la carrera pedestre, lo que exasperó a los hijos de Príamo que le desafiaron a correr otra; y así conquistó la tercera corona. Avergonzados como estaban tras haber sido vencidos por un esclavo, quisieron acabar con la vida del joven Paris, pero en ese instante intervino Agelao y anunció ante todos que Paris era en realidad el hijo perdido de Príamo años atrás.

En un primer momento, los asistentes a los Juegos no lo creyeron, pero su identidad fue confirmada más tarde gracias a un sonajero que guardaba Agelao de cuando el pequeño se le fue entregado. Se le llevó triunfalmente a palacio, donde Príamo celebró su regreso con un gran banquete y sacrificios a los dioses. Parecía que en la casa real troyana todo volvía a la normalidad. Y durante un tiempo la vida en la ciudad fue recobrando la normalidad. Pero en esos días se convocó otro consejo para tratar el rescate de Hesíone, hija de Laomedonte anterior rey de Troya. En el pasado, Heracles la había raptado tras hacer un trato infructífero con el rey de Troya, y ahora los troyanos pretendían recuperarla. Ya que las gestiones pacíficas habían fracasado, Paris, recién llegado a palacio, se ofreció voluntariamente para encabezar la expedición si Príamo le proporcionaba una flota grande y una buena tripulación. Éste añadió astutamente que si no conseguía llevar de vuelta a Hesíone, quizá podría llevar a una princesa griega de la misma categoría como rehén a cambio de ella. Por supuesto, su intención oculta era ir a Esparta para sacar de allí a Helena.

La flota se hizo a la mar, Afrodita envió un viento favorable y Paris llegó pronto a Esparta, donde Menelao le agasajó durante nueve días. En el banquete Paris entregó a Helena los regalos que le había llevado de Troya, y sus miradas desvergonzadas, hondos suspiros y atrevidas muecas causaron gran turbación en ella. Tomando la copa de Helena, ponía los labios en la parte del borde por donde ella había bebido para conseguir su sonrojo. Pero a Helena le aterraba que Menelao pudiera sospechar que alentaba la pasión de Paris, aunque siendo como era un hombre poco observador, se embarcó alegremente a Creta, dejando que Helena agasajara a los huéspedes y gobernara el reino durante su ausencia.

Y lo que parecía inevitable sucedió: Helena se fugó con Paris esa misma noche y se entregó a él amorosamente en el primer puerto de escala, que era la isla de Cránae. Ella había abandonado a su hija Hermíone, pero se llevó a su hijo Plistenes y la mayor parte de los tesoros de palacio.

Cuando navegaban hacia Troya, una gran tormenta enviada por Hera obligó a Paris a hacer escala en Chipre, y temiendo  que le persiguiera Menelao, se detuvo durante varios meses en Fenicia y Egipto.

Pero por fin llegaron a Troya y allí celebraron su boda Paris y Helena. Los troyanos la acogieron bien, embelesados por tan divina belleza. Y lo que es más, toda Troya, y no solamente Paris, se enamoró de ella, hasta el punto que Príamo juró que nunca la dejaría marchar.


27 jul 2011

De Paris y Helena, y la manzana de la discordia.


Ya en el pasado de los griegos aconteció una desgracia para éstos de manos de una mujer, Pandora, regalo de los dioses. Pero ésta no fue la única. En la Grecia micénica, sobre el 1200 a.C., los griegos entablaron una disputa suscitada por otra mujer, Helena de Esparta. Una mujer con una belleza tal que fue capaz de hacer sucumbir a la ciudad de Troya.

Cuando Helena, la bella hija de Leda y Zeus, llegó a la edad núbil en el palacio de su padre adoptivo Tindáreo en Esparta, todos los príncipes de Grecia se presentaron con valiosos regalos como pretendientes, o en su lugar enviaron parientes para representarlos. Allí estaba Diomedes, recién llegado tras su victoria en Tebas, y con él Áyax, Teucro, Filoctetes, Idomeneo, Patroclo, Menesteo y otros muchos. También se presentó Odiseo, pero con las manos vacias, pues no tenía la menor probabilidad de éxito. Y Menelao, el más rico de los aqueos, estuvo representado por su hermano Agamenón.

Tindáreo quiso ser prudente y no despidió a ninguno de los pretendientes, pero por otra parte, tampoco aceptó ninguno de los regalos ofrecidos, pues temía que su parcialidad por cualquiera de los príncipes provocara peleas entre los demás. Y éste temor llegó a tal punto, que Tindáreo no supo qué hacer para no verse envuelto en un enfrentamiento abierto con todos los príncipes de Grecia. Pero un día, y a sabiendas de la gran astucia de Odiseo, Tindáreo decidió consultarle. Odiseo le respondió: "Si te digo cómo evitar una querella, ¿me ayudarás a casarme con Penélope, la hija de Icario?" Y Tindáreo aceptó encantado. Pues bien, éste fue el consejo que dio Odiseo al rey de Esparta: "Insiste en que todos los pretendientes de Helena juren defender al marido elegido por ella contra todo el que se sienta ofendido por su buena suerte." Tindáreo convino en que ésa era una decisión prudente. Después de sacrificar un caballo, hizo que cada uno de los pretendientes repitiese el juramento que Odiseo había formulado.

Y fue así como Helena se decidió por el aqueo Menelao, a quien coronó con guirnaldas, y quien llegó a ser rey de Esparta después de la muerte de Tindáreo. Pero su matrimonio estaba condenado al fracaso, pues años antes, mientras hacía sacrificios a los dioses, Tindáreo se había olvidado totalmente de Afrodita, quien se vengó jurando que haría a sus tres hijas: Clitemnestra, Timandra y Helena, célebres por sus adulterios.

Con los años, Menelao y Helena tuvieron una hija a la que le pusieron por nombre Hermíone, y a sus hijos varones Etiolao, Morrafio y Plístenes. Y éstos vivían en relativa armonía en Esparta. 

Antigua Esparta
En la orilla opuesta del Egeo, Hécabe la mujer de Príamo el rey de Troya, había soñado que daba a luz a un haz de leña del que salían retorciéndose innumerables serpientes de fuego. Se despertó gritando que la ciudad de Troya y los bosques del monte Ida estaban ardiendo. Príamo, muy preocupado, consultó inmediatamente a su hijo Ésaco, el adivino, que le anunció: "¡El niño que está a punto de nacer será la ruina de nuestro país! Te ruego que te deshagas de él."

Pocos días después Ésaco hizo otro anuncio: "La troyana de la casa real que hoy dé a luz un niño debe ser destruida, y también su descendencia." Así pues, Príamo mandó matar a su hermana Cila y a su hijo Munipo, nacido esa misma mañana de su unión secreta con Timete, y los enterró en el recinto sagrado de Tros. Pero Hécabe dio a luz a su hijo antes del anochecer, y Príamo perdonó a ambos la vida pensando que ya se había contentado al oráculo.

Y ciertamente se le perdonó la vida, pero se le abandonó fuera de palacio. Se entregó el niño a un pastor llamado Agelao.

La noble alcurnia de Paris quedó pronto en evidencia porque poseía una belleza y una fuerza fuera de lo común. Cuando era poco más que un niño detuvo a una cuadrilla de ladrones de ganado y recuperó a las vacas que habían robado, por lo que mereció el sobrenombre de Alejandro. Aunque en aquella época no era más que un esclavo, Paris fue el amante preferido de Enone, hija del río Eneo, una Ninfa de las fuentes. Rea le había enseñado el arte de la profecía y Apolo el de la medicina mientras trabajaba como pastor de Laomedonte. Paris y Enone solían cuidar sus rebaños y cazar juntos, y él grababa su nombre en la corteza de las hayas y los álamos. La vida transcurría feliz también en Frigia.

Pero había un fin oculto a punto de detonar detrás de todo esto. Y es que tanto Zeus como Temis habían proyectado un conflicto. Todo comenzó en la boda de Peleo y Tetis. Allí Éride arrojó una manzana de oro en la que estaban inscritas estas palabras "Para la más bella".

Zeus sabía lo que se le venía encima si se hacía responsable de esa elección él mismo, así que decidió encomendar dicha empresa a un mortal. Y Paris iba a ser ese mortal, pues Zeus lo había observado complacido tiempo atrás cuando Ares y él se habían enfrentado en una competición.

Estaba Paris un día cuidando su ganado en el monte Gárgaro, la cumbre más alta del Ida, cuando Hermes, acompañado por Hera, Atenea y Afrodita, le entregó la manzana de oro y el mensaje de Zeus.

"Paris, puesto que eres tan bello como sabio en los asuntos del corazón, Zeus te ordena que juzgues cuál de estas diosas es la más bella." Así habló Hermes, el mensajero de los dioses. Paris aceptó la manzana reticente, y convino en un primer momento partir en tres la manzana. Pero eso contradecía las órdenes de Zeus. Así que escuchó cómo las tres diosas ofrecían algo a cambio de la manzana. Y como el título en juego era el de la diosa más bella, las tres diosas se desnudaron para que Paris pudiera examinarlas bien.

Hera le prometió al joven que lo convertiría en el señor de toda Asia y el hombre más rico del mundo. Atenea, le ofreció su protección y así saldría victorioso de todas sus batallas, y lo convertiría en el hombre más bello y sabio del mundo. Y fue entonces cuando irrumpió Afrodita. La diosa del amor y la sensualidad le propuso, como las demás, lo que ella mejor sabía hacer y aquello que estaba a su alcance. Le ofreció al joven Paris la doncella más bella y apasionada, Helena de Esparta.

En aquel tiempo la belleza de Helena era algo conocido en el mundo entero y cuando Afrodita juró solemnemente que se la entregaría a cambio de la manzana, Paris, sin pensarlo dos veces, se la concedió.

Pero con esta sentencia incurrió en el odio encubierto de Hera y Atenea, quienes se alejaron tomadas del brazo a preparar la destrucción  de Troya.

21 jul 2011

De Belerofonte, el héroe griego.

Hoy os hablaré de otro de los héroes griegos desconocidos por el público en general. Y es que conocemos a Heracles y a Teseo, incluso a Perseo; pero no a Belerofonte.

Belerofonte era hijo de Glauco de Corintio y nieto de Sísifo. Cuando aún era joven se vio obligado a abandonar su hogar por haber dado muerte a un tal Belero, por ello se ganó el nombre de Belerofonte.

Huyó suplicante y fue a ver a Preto, rey de Tirinto, pero tuvo la mala fortuna de que nada más verlo se enamoró de él Antea, esposa del rey, a los que algunos llamaban Estenebea.

Cuando él rechazó sus insinuaciones ella lo acusó de haber intentado seducirla, y Preto, que creyó la mentira, se enfureció. No obstante, no se atrevió a provocar la venganza de las Furias asesinando directamente a un suplicante, así que lo envió al padre de Antea, Yóbates, rey de Licia, con una carte sellada en la que decía: " Te ruego que borres de este mundo al portador de esta carta; pues ha intentado violar a mi esposa, tu hija".

Yóbates, igualmente reticente a tratar mal a un húesped real, pidió a Belerofonte que le hiciera el favor de destruir a la Quimera, un monstruo femenino que arrojaba fuego por la boca y que tenía cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente.

Antes de empezar tal empresa, Belerofonte consultó al adivino Poliido, quien le aconsejó que atrapara y domara al caballo alado Pegaso, amado por las Musas del Helicón, y que había nacido, si recordamos, de la sangre que derramó Perseo al cortarle la cabeza a la Gorgona Medusa. Así pues Belerofonte fue en su búsqueda, pero Pegaso no se hallaba en el Helicón, sino que lo encontró bebiendo en un pozo situado en Pirene, en la Acrópolis de Corintio, y le lanzó a la cabeza una brida de oro que muy oportunamente le había regalado la diosa Atenea.

Una vez que se hizo con Pegaso, tal y como le había dicho Poliido, fue al encuentro de la Quimera a quien venció sobrevolando por encima de ella a lomos de Pegaso, y atravesándola con sus flechas, una de las cuales fue a parar directamente a sus mandíbulas, y al entrar en contacto con el fuego de la fiera, el plomo de la flecha se fundió y se deslizó por su garganta hasta abrasarle las vísceras.

Convencido ya de que Preto debía estar equivocado con respecto al atentado contra la virtud de Antea, Yóbates mostró la carta y exigió un relato fiel de lo ocurrido. Al enterarse de la verdad imploró el perdón de Belerofonte, le dio a su hija Filónoe en matrimonio y le nombró heredero del trono de Licia. También elogió a las mujeres jantias por su ingenio y ordenó que en el futuro todos los jantios reconocieran su ascendencia por línea materna, no paterna.

En el momento culminante de su gloria Belerofonte emprendió presuntuosamente un vuelo al Olimpo, como si fuera inmortal, pero Zeus envió un tábano que picó a Pegaso bajo la cola, haciendo que se encabritara y arrojara a Belerofonte vergonzosamente a tierra. Pegaso completó su vuelo al Olimpo, donde Zeus lo utiliza ahora como bestia de carga para sus rayos; y Belerofonte, que había caído en un seto de espinos, quedó vagando por la tierra cojo, ciego, solo y maldito, evitando siempre los caminos de los hombres, hasta que la muerte se lo llevo.


20 jul 2011

De Glauco y sus misterios.


Quisiera explicar la historia de Glauco, el hijo menor de Minos y Pasifae. El padre lo mimaba como si fuera su nieto. Para sus juegos, Glauco podía disponer de todo el palacio de Cnosos, y cualquiera que se encontrara con el pequeño príncipe tenía que cuadrarse ante él y saludarlo como a un rey. Eso era lo que había ordenado Minos, que observaba desde la ventana cómo sus ministros hacían los honores al niño mientras se reía para sus adentros.

Glauco jugaba todo el día en ese palacio, tan grande que Minos había pedido hacía años a su creador Dédalo, que desarrollara un sistema de señalización de caminos. Una noche los padres esperaron en vano el regreso de Glauco, y finalmente enviaron a los sirvientes en su busca. Buscaron por todos los rincones del palacio, pero no encontraron a Glauco. Al día siguiente Minos y Pasifae estaban muy preocupados.

El rey envió a un pequeño grupo de especialistas que peinó el palacio de modo sistemático, pero sin ningún resultado. Transcurrieron así tres días y tres noches.

Minos hizo reunir a todos los habitantes del palacio y de la ciudad y les obligó a jurar que no habían visto a Glauco. Todos lo hicieron. Y Minos desesperó. No es que fuera un hombre especialmente emotivo, pero a este hijo, a Glauco, lo amaba.

Por supuesto, acudió al oráculo. Y como no podía ser de otra manera, el oráculo dio una respuesta sumamente extraña: "Quien sea capaz de encontrar un símil correcto al problema de un nacimiento en Creta encontrará lo que busca". Pero cuando el rey escuchó estas palabras, empezó a gritarle a la sacerdotisa e incluso pensó si sería conveniente prenderle fuego al oráculo. Pensó que los dioses se habían puesto en su contra e imploró a su padre Zeus. Éste le dijo que confiara en el oráculo pues era correcto.

De modo que los cretenses se preguntaron qué nacimiento había habido recientemente, y llegaron a la conclusión que desde ña desaparición de Glauco sólo había nacido una ternera. Así pues fueron a ver a la ternera.

Era una ternera poco común. Cambiaba de color tres veces al día: por la mañana era blanca, al mediodía y por la tarde era roja, y por la noche se volvía negra. A la mañana siguiente era blanca de nuevo, y así sucesivamente.

Minos reunió a los hombres más sabios de su reino y les enseñó la ternera. Pero no supieron que decir y sólo concluyeron que se trataba de una ternera que cambiaba de color.

Por aquel entonces había un invitado en Creta, el vidente Poliido. Éster era hijo de Melampo, hombre capaz de oír la carcoma de la madera. Y cuando se le consultó, Poliido contestó: "Si me preguntáis por mi opinión, diría que esta ternera se parece a una mora madura".

Y cuando Minos vio con que facilidad Poliido había adivinado el oráculo amenazó de muerte al pobre vidente para que encontrara a Glauco. Poliido empezó a recorrer el palacio de Cnosos. En el umbral de una puerta vio una colmena de abejas amenazada por un búho, y lo interpretó como una señal. Seguidamente, quitó la colmena y siguió las abejas huyendo.

Éstas llevaron a Poliido a la bodega, donde había una gran vasija de miel hasta el borde. Y ante la vasija, Poliido dijo: "Dentro de esta vasija encontraréis a Glauco". Tiraron la miel y, en efecto, queriendo probar un poco de miel, el pequeño Glauco había resbalado y caído dentro de la vasija, en la que se había ahogado.


Pero Minos no se contentó con este final, y viendo los poderes adivinatorios de Poliido, se propuso que el pobre adivino le devolviera la vida a su pequeño Glauco.

Metió al vidente Poliido junto a su hijo Glauco dentro de una tumba e hizo introducir un tubo dentro para que Poliido pudiera avisar en caso de producirse algún cambio. Éste estaba tumbado en el estrecho y oscuro ataúd; por el tubo entraba un poco de luz y pudo ver que llegaba una serpiente y se acercaba a Glauco, y pensó: "si Glauco conserva un último aliento de vida no quiero que esta serpiente se lo quite". Así que levantó la mano y mató a la serpiente de un golpe. Entonces vio que llegaba una segunda serpiente que llevaba hierba en la boca. Se acercó hasta su hermana muerta y le colocó la hierba en la cabeza. Poliido vio que al serpiente muerta empezaba a moverse y se dio cuenta de lo que había pasado. Cogió la hierba, mató rápidamente a las dos serpientes y la colocó en los labios de Glauco.

En ese instante el cuerpo del pequeño empezó a reanimarse. Poliido gritó utilizando el tubo y pidiendo ayuda, suplicando que lo dejaran salir y que Glauco estaba vivo. Minos abrió el ataúd y los dos, Glauco y Poliido, salieron bien contentos.

Poliido pensó que Minos, un hombre inmensamente rico, le recompensaría, pero fue más bien a contrario. El rey no dejó que se fuera de Creta y lo mantuvo prisionero para que enseñara a Glauco el arte de la adivinación. Y una vez que se lo hubo enseñado, se quiso marchar.

Poco antes de subir al barco, Poliido pidió poder despedirse de Glauco. Abrazó al pequeño Glauco y cuando éste abrió la boca para desearle un feliz viaje, Poliido le escupió dentro. Lo había aprendido de Apolo: de ese modo borraba el recuerdo de todo lo que había enseñado a Glauco.

El muchacho perdió el arte de la adivinación, y cuando Minos lo descubrió envió tropas en busca de Poliido, pero ya no pudieron encontrarlo.

17 jul 2011

De Hera, la de brazos blancos.


Hoy, por petición de una persona muy especial, hablaremos de una de las diosas griegas más desconocida quizás. Y digo desconocida porque el mito le ha dejado un protagonismo secundario pese a tratarse de la figura de la reina del Olimpo.

Hera era hija de Cronos y Rea, nacida según algunos en la isla de Samos, y según otros en Argos. Estos dos lugares eran los principales centros de culto en Grecia. Hera fue criada en la Arcadia por Temeno, hijo de Pelasgo. Sus nodrizas fueron las estaciones y es por ello que se ha intentado asociar a ella el cuco primaveral en su cetro y la granada madura del otoño en su mano izquierda para simbolizar la muerte del año.

Después de desterrar a su padre Cronos, Zeus, el hermano gemelo de Hera, fue un día a visitarla a Cnosos en Creta. Allí la cortejó, sin ningún éxito al principio, pero luego ella se apiadó de él cuando Zeus, según su costumbre, adoptó la forma de un cuco cochambroso, que se posó en su pecho y la violó.  Y desde ese momento ella se vio obligada a casarse con él por vergüenza.

Todos los dioses presentaron sus regalos en la boda; muy especialmente Rea, quien regaló a Hera un árbol con manzanas de oro, que más tarde guardaron las Hespérides en el jardín de Hera, situado en el monte Atlas. 

Ella y Zeus pasaron su noche de bodas en Samos, noche que duró trescientos años. Hera se bañaba periódicamente en la fuente de Canatos, cerca de Argos, renovando de esta forma su virginidad.

De la unión de Hera y Zeus nacieron las deidades de Ares, Hebe, Eris, e Ilitía. Hera fue madre de Hefesto, pero se trata de un nacimiento enigmático.

Hera estaba cansada de que Zeus, su esposo, la engañase constantemente, y quería demostrarle que también sin él era posible traer un hijo al mundo. Zeus se acostaba con todas las mujeres, empezando por las humanas, pasando por las ninfas y terminando por las diosas. Era su tarea, su destino, su vocación: engendrar, fecundar, hacer surgir una nueva vida, mezclar las especies más diversas. 

Así que Hera quiso jugarle a Zeus una mala pasada demostrándole que en realidad no necesitaba de ninguna contrapartida masculina; y trajo a Hefesto al mundo de sí misma. Sin embargo, Hera estaba claramente descontenta con el resultado de su autorreproducción. Hefesto era un bebe realmente feo. Le echó una mirada, después lo cogió de la pierna y lo arrojó desde lo alto del Olimpo. El pobre Hefesto estuvo volando doce horas por el aire hasta que finalmente aterrizó.

Hay que recordar que Zeus y Hera discutían constantemente, Luciano de Samósata da fe de estos hechos en su obra. Enojada por sus infidelidades, ella le vejaba frecuentemente con sus maquinaciones. Aunque él le confiaba sus secretos, y en ocasiones aceptaba su consejo, nunca confiaba plenamente en Hera, y ella sabía que si le ofendía más allá de cierto límite, era capaz de azotarla e incluso descargar su rayo sobre ella.

Es sin duda una figura intrigante pues en ella se concilian dos posturas contradictorias. Hera preside sobre los correctos preparativos del matrimonio y es el arquetipo de la unión en el lecho nupcial, pero no destaca como madre, se ve claramente en el trato a Hefesto.

Pero pese a las distintas versiones que existen acerca de esta diosa, en todas ellas se deja ver un reflejo muy humano y no tan divino de la figura de esta diosa.

A Javier, con quien la inspiración de las musas no me abandona.

16 jul 2011

De Teseo, Ariadna y el Minotauro.


Hoy retomaremos la historia de ayer por donde la habíamos dejado. Recordemos a Egeo y Teseo, padre e hijo, que finalmente se habían reunido y estaban felices. Pero por esas fechas, Atenas estaba en guerra con Creta, y el rey cretense Minos chantajeaba a los ciudadanos atenienses. Si hacemos memoria, Minos era hijo de Zeus, y esto lo sabían los atenienses que no quisieron arriesgarse a que el dios les enviara una peste.

Cada año Minos les exigía siete mujeres y siete hombres vírgenes para alimentar al Minotauro que vivía en el laberinto que Dédalo había construido para él en Creta. Ésta bestia era el terrible resultado de una infidelidad de la esposa de Minos, Pasifae, al yacer con el toro blanco que Poseidón envió a al rey Minos para que se lo sacrificase en su nombre.

Cada año Atenas elegía siete muchachos y siete doncellas para enviarlos a Creta. Era una desgracia que pesaba sobre la ciudad. Pero esta vez no se lanzarían los dados una vez más. Teseo, como hijo del rey de Atenas, asumió que ningún ateniense moriría sin ser acompañado por el hijo de Egeo. Se encomendó a Afrodita y a Apolo para vencer al Minotauro.

Era costumbre que el barco que llevaba a estos seres desgraciados izara velas negras, pues se dirigían a la muerte. Y Teseo en aquel momento le dijo a su padre: "Si el barco regresa y las velas negras siguen izadas, significa que yo también habré sido devorado por el monstruo. Pero si ves velas blancas alégrate, pues habré vencido al Minotauro y sabrás que la ciudad de Atenas ha sido liberada y que tu hijo está de regreso."

Teseo, junto con otros muchachos y doncellas, se fue a Creta. Y una vez en la corte de Minos, intercedió Afrodita haciendo que Ariadna, la hija del rey, se enamorara del joven héroe. Ésta le prometió ayudarle a cambio de que la llevara con él a Atenas a su vuelta.

Una vez que todos los atenienses fueron abandonados en la puerta del laberinto, Ariadna entregó al joven Teseo un ovillo de lana y le dijo: "Ata el extremo en la entrada del laberinto y ve soltando hilo, así cuando venzas al Minotauro, conseguirás salir del laberinto.

Y todo salió bien: Teseo venció al Minotauro y liberó de ese modo a las doncellas y a los muchachos, y liberó también a su ciudad de la maldición. Luego huyó con Ariadna e hizo agujerear los cascos de los barcos del rey Minos anclados en el puerto de Creta, de modo que no pudieran perseguirlos. Todos en el barco lo celebraban con júbilo.

Pero luego ocurrió algo inesperado. El alegre barco hizo un alto en la isla de Naxos y Teseo dejó allí a Ariadna. Nadie sabe por qué lo hizo, pero hay quien afirma que Teseo era un ser inconstante y que ya se había cansado de Ariadna y que por eso simplemente la abandonó allí. Pero no quedó ahí. La confusión de Teseo duró todavía más tiempo porque el barco todavía tenía izadas las velas negras. El héroe había olvidado cambiarlas.

Egeo esperaba a su hijo en el puerto de Atenas; estaba en la alameda y oteaba el horizonte del mar. Entonces vio aparecer el barco a lo lejos y observó que todavía tenía izadas las velas negras. Y le anegó tal pesar, que se lamentó de su triste existencia y se lanzó al mar.

Todavía hoy el mar lleva su nombre, el mar Egeo. Y Teseo se convirtió en rey de Atenas.

15 jul 2011

De Teseo, Egeo y Medea.

Egeo recibe a Teseo
Hoy empezaremos a hablar de la historia de otro héroe griego, Teseo. La diferencia entre Teseo y otros héroes como Heracles o Perseo radica en que las heroicidades de éste transcurren la mayoría de las veces dentro del mundo del mito.

Su padre era Egeo, que de joven había sido un hombre desafortunado, un desventurado. Era el hermano de Palas, el rey de Atenas, donde a Egeo se consideraba un bastardo. La educación de Egeo tuvo siempre como referente la figura de Palas. Éste tenía cincuenta esposas y un hijo y una hija con cada una de ellas. Egeo había tenido dos esposas y las dos lo habían dejado. Además el infeliz no tenía hijos. Así que se fue de Atenas y se dirigió a Delfos con la esperanza de encontrar allí una respuesta favorable a sus deseos de ser padre. 

Una vez allí, consultó a la Pitia, el Oráculo de Delfos; pero esta le dio una respuesta enigmática. A veces la Pitia se divertía ofreciendo respuestas que, para poder ser descifradas, precisaban de otro oráculo. "Egeo, ¿llevas vino?" le preguntó la Pitia. Y éste le contestó que sí, pues llevaba consigo una bota de vino. "Bien, entonces escúchame bien: no abras la bota hasta que hayas vuelto a casa." La Pitia guardó silencio. Ya lo había dicho todo.

Allí estaba Egeo, el desafortunado, que hasta ese momento había tenido tan mala suerte en la vida; allí estaba en el Oráculo de Delfos preguntándose si había realizado aquel largo y duro camino hasta Delfos para recibir un oráculo que no entendía. Pero no desesperó. Egeo tenía un amigo, de nombre Piteo, al que se consideraba un hombre capaz de descifrar incluso los oráculos más complejos. Así que Egeo decidió visitar a Piteo antes de poner rumbo de nuevo a Atenas.

Egeo bajó del monde de Delfos y se fue a Argolis, donde vivía Piteo. El camino era caluroso y estaba lleno de polvo. Por la noche llegó a una posada donde se reunían todo tipo de hombres, legales y no tan legales. Egeo entró y entabló conversación con una mujer, que le susurró que estaba huyendo y que no la delatara. Egeo se preguntó que por qué le contaba esto, y ella le contestó que podía leer en el rostro de las personas, y su rostro decía que era un hombre bueno y honrado. Egeo se sintió, sin duda, halagado y creyó preciso mostrarse de alguna manera digno de esa confianza. Aunque empezó a fanfarronear y a presumir. Egeo le dijo a esa extraña mujer que estaba ante el futuro rey de Atenas. Ésta preguntó cuando llegaría el momento en que lo coronarán y él contestó que muy pronto. "En cuanto seas rey de Atenas me podrás acoger. Te ruego que me permitas exiliarme en tu corte. Llegado el momento, recuerda a este alma pobre y perseguida." Estas fueron las palabras de la mujer.

Egeo dijo mostrarse gustoso de acogerla y le preguntó por su nombre. Medea respondió la mujer. Ese era el nombre.

Medea sí, era Medea la que estaba en la taberna junto a Egeo. Medea, este personaje brillante y terrible a la vez, este demonio que había sabido defenderse poderosamente siempre de sus amigos y de sus enemigos. Estaba huyendo en ese momento porque la perseguían por unos hechos innominables que ya referiremos en el futuro. Medea se declaró una hechicera ante Egeo y le prometió que una vez éste fuera rey de Atenas, se ocuparía de que el hijo de Egeo fuera el hombre más grande y famoso, siempre que la acogiera claro.

Con esto Medea había dado en el blanco, en el deseo más íntimo de Egeo, y aún bebido y creyendo que ella estaba presumiendo, cuando se fue a dormir sintió que su corazón estaba enaltecido y pensó que a partir de ese momento todo iría bien.

Al día siguiente Egeo siguió su camino y por la noche llegó a casa de Piteo y una vez allí, le expuso el enigmático oráculo de la Pitia. Para Piteo resultó tratarse de un oráculo muy claro. Egeo se quedó sin palabras al escuchar a su amigo y le pidió que se lo explicase. "Tendrás un hijo y será un hijo muy famoso; esto es lo que entiendo a partir de este oráculo." Una vez más Egeo se quedó sin palabras.

Piteo hizo beber sin parar al desdichado Egeo para celebrar el oráculo, y cuando estuvo borracho lo arrastró hasta el dormitorio de su hija Etra. Si lo que afirmaba del oráculo era cierto, entonces sería bueno que Egeo concibiera este hijo con su propia hija así el también podría beneficiarse un poco de la fama futura de este héroe.

Al llegar el día Egeo se levantó de buen humor, cogió a Etra de la mano, la cual yacía a su lado en el lecho, y la arrastró al campo. Una vez allí, Egeo levantó una enorme piedra con unas palancas y colocó su propia espada y una de sus sandalias debajo de la roca. Luego dejó caer la roca y le dijo a Etra: "Si llegaras a tener un hijo mío, entonces tráelo aquí cuando haya cumplido dieciocho años; y si puede levantar esta roca y sacar la espada y la sandalia, entonces me lo envías a Atenas y lo coronaré rey."

Acto seguido Egeo regresó a Atenas y volvió a su vida humilde y humillada hasta que un buen día, se abrió la puerta de su estancia y apareció una mujer en el umbral. Egeo no la reconoció.

Se trataba de Medea, la hechicera.  Egeo le contó que le había mentido, que por desgracia no era rey. Pero Medea le recordó cuan poderosa era y le dijo que no desesperara porque ella se encargaría de entronizarlo rey. Y así fue, de manera casi inexplicable Medea había acabado con Palas y sus descendientes y casi sin darse cuenta, Egeo se había convertido en rey de Atenas.

Egeo se la llevó consigo a la cama y la abrazó. Ésa era su manera de protegerla, eso es lo que ella quería. Y de este abrazo Medea quedó en cinta. Dio a luz a un hijo, y lo llamó Medo, a quien Egeo crió con amor y mil cuidados.

Mientras tanto el otro hijo de Egeo, el que había dado a luz Etra, la hija de Piteo, iba creciendo. A ese hijo le había llamado Teseo. 

Teseo era ya de niño llamativamente fuerte, desagradablemente fuerte, problemáticamente fuerte, y eso que su apariencia física no revelaba su fuerza. No había cumplido los catorce años cuando lanzó un buey por encima de una valla, sin más, para divertirse.

Al cumplir los dieciocho años, Etra hizo lo que Egeo le había mandado y llevó a su hijo ante la gran roca. Ella sabía que sería capaz de hacerlo mejor que su padre, y para Teseo fue en efecto un juego de niños. Levantó la roca y no usó para ello ni palancas ni cuerda alguna. Y allí estaba la sandalia y la espada.

Cogió las cosas de su padre y puso rumbo a Atenas. De camino protagonizó muchas aventuras. Venció a Procuestes y a la famosa cerda salvaje llamada Fea. A Cerción, el luchador de la piel de aceite, a Perifetes y al malvado Corunetes, el del garrote. Y tras alcanzar tal nivel de pericia, llegó a la corte de Egeo en Atenas. El rey no lo reconoció, aunque Medea temió que, una vez supiera Egeo de quien se trataba, prefiriera a Teseo y no a Medo.

A este joven extraño que había llegado a la corte se le invitó a una fiesta aquella misma noche, y en su calidad de invitado Teseo debía cortar la carne para los comensales. Y ¿cómo lo hizo? Pues saco del hatillo la espada de Egeo, y éste al verla se dio cuenta de quien era. Mientras tanto Medea había envenenado el vino del muchacho, y cuando éste fue a beber para brindar, Egeo apartó la copa de un golpe, arrebató la espada de las manos de su hijo y se lanzó a Medea para matarla. Pero en ese instante Medea se elevó del suelo, cogió a su hijo Medo y agarrándolo fuertemente se fue volando hacia la Cólquide, su patria, esa lejana tierra donde el sol nunca asoma por detrás de las nubes.



30 jun 2011

De Perseo y Andrómeda.


Volvamos a la historia de Perseo. Si recordamos, Perseo se dirigía de vuelta a casa tras haberle arrebatado la cabeza a Medusa. Así que podría pagar los impuestos, y voló a lo largo de la costa sobre sus sandalias aladas. Según miraban hacia abajo, al oeste divisó al gigante Atlas.

Atlas es el titán obligado a soportar la cúpula celeste. Esto despertó el interés de Perseo que aterrizó a los pies del titán y le preguntó si le gustaba su trabajo. Pero Atlas se lo tomó a mal y dio a Perseo una respuesta impertinente. Atlas le dijo que se largara y que hiciera el favor de dejarlo en paz. Esto enfureció a Perseo y quiso probar su arma secreta recién adquirida. Metió en su zurrón, enseñó a Atlas la cabeza de Medusa, y éste se convirtió inmediatamente en piedra. 

Cuando estaba sobrevolando Fenicia, vio algo extraño: una mujer encadenada a las rocas de la costa. Desncendió y se acercó a la mujer, que estaba llorando. Se trataba de Andrómeda.

La historia de Andrómeda empezó mucho antes que la de Perseo. Ésta tenía una madre muy vanidosa llamada Casiopea, y ésta miró un día a su hija ya crecida y proclamó que era la criatura más bella del mundo. Tan entusiasmada estaba la madre con la belleza de Andrómeda, que corrió a la costa y gritó hacia el mar y solicitó la presencia de las hijas de Poseidón. Una vez en su presencia les dijo: "Vosotras sois bellas, pero mi Andrómeda lo es cien veces más.

De las hijas de Poseidón se decía que eran las más hermosas de todo el globo terráqueo. Emergieron de la marea, escucharon cómo Casiopea proclamaba una y otra vez que su hija es cien veces más bella que ellas y los celos hicieron que se volviesen de color verde. Pero Poseidón lo solucionó enseguida, del mismo modo en que siempre solucionaba todos los problemas, y le dijo a sus hijas: "Enviaré un monstruo para que devore vuestro problema."

Primero envió una enorme ola sobre la ciudad que ocasionó daños horribles. Después inundó los campos, y la ciudad estuvo cerca de ser asolada por el hambre. Se le pidió consejo a un adivino y éste anunció que Andromeda, la hija de Casiopea, debía ser sacrificada encadenada a las rocas, junto al mar. Y así se hizo.

Cuando Perseo llegó volando con sus sandalias aladas vio cómo un monstruo marino jugueteaba en el agua delante de la costa. Perseo se enamoró inmediatamente de Andrómeda, y actuó con presteza. Fue a ver a su padre, negoció un contrato matrimonial y en el último segundo petrificó al monstruo con la cabeza de Medusa.

En agradecimiento, Andrómeda se enamoró de él. Perseo tomó a su joven esposa, se la llevó a su madre y se la presentó. Después fue a ver al codicioso rey y le dijo que ya tenía la cabeza de la Gorgona Medusa. Y el rey no le creyó, pensaba que estaba completamente loco. Pero Perseo insistió en enseñarle la cabeza de Medusa. El rey por supuesto quiso verla, entonces el joven héroe volvió la cabeza, metió la mano en su zurrón y sacó la cabeza cortada de Medusa y ya podemos imaginar lo que le ocurrió al ambicioso rey...

Perseo no deseaba otra cosa más que regresar con su madre y con su mujer a su patria, a su lugar de nacimiento, a la isla del rey Acrisio. Y así lo hizo. Fue recibido en la isla como un héroe, pues su fama se había extendido por todo el mundo. En su honor se organizaron competiciones, y él preguntó por su abuelo, el rey, pero no se le podía encontrar por ninguna parte.

Se sentó junto a su madre y su mujer en los mejores sitios de estadio; le trataban como a un rey, y él  observaba los juegos. De pronto le asaltó el deseo de competir y preguntó si podía tirar el disco por lo menos una vez, fuera de competición. Se le concedió de buena gana; él cogió un disco, tomó impulso y lo lanzó. Inmediatamente se escuchó un grito: "El rey ha muerto." 

Se comprobó y en efecto así era, el disco de Perseo había acertado a su abuelo Acrisio, quien se había escondido de él recordando el oráculo de que su nieto le mataría. Pero esto no fue un asesinato, sino una equivocación, una desgracia. Los dioses no se volvieron en contra del amable Perseo y tampoco el pueblo le reprochó nada, al contrario deseaban que fuera su nuevo rey y Andrómeda su reina.

Desde entonces Perseo vivió en paz hasta el fin de sus días. Andrómeda y él se fueron fieles, y cuando murieron fueron elevados al Cielo como constelación.

26 jun 2011

De Perseo y la Gorgona Medusa.



¿Quién era Medusa? Perseo no lo sabía, por eso nos detendremos en ella en el momento en el que Perseo se la encuentre.

Perseo se puso en camino, tras haber pactado con el rey Acrisio traerle la cabeza de Medusa. La conversación tuvo lugar sin ningún testigo, puesto que el codicioso rey había insistido en ello pues sabía que cualquier otro advertiría a Perseo de la inutilidad de dicha empresa. Pero para este trabajo contó con la ayuda de un buen espíritu que le guió. La mismísima Palas Atenea bajó del Olimpo para ayudar a nuestro héroe, y es que es sabido que ésta siempre había sentido predilección por los héroes inteligentes y también por los ingenuos, sólo si al mismo tiempo eran inteligentes.

Atenea descendió pues del Cielo y se apareció no como era en realidad, sino que se introdujo sigilosamente en el cuerpo de un humano. Éste se presentó ante Perseo con un escudo como ofrenda. Le dio un escudo de bronce que se había pulido hasta alcanzar un brillo intensísimo; brillaba y resplandecía como un espejo. Al verlo, Perseo que nunca había visto su imagen reflejada, creyó ver que dentro del escudo había un hombre joven. Atenea le replicó que se trataba de su imagen, se trataba de él mismo, aunque a nuestro Perseo le costó entenderlo.

Antes de marcharse, Atenea le dio dos consejos. Le dijo: "a un gran peligro nunca se le mira directamente a los ojos". Y el segundo consejo fue que buscara a las Greas. Las Greas eran mujeres viejas, apestosas, hermanas y guardianas de las Gorgonas. Atenea le dijo a Perseo que debía buscarlas y obligarlas a que te digan, pero con ingenio y astucia, donde moran las Gorgonas. Atenea le mostró el camino hacia las Greas y luego desapareció.

Perseo se puso de nuevo en camino y se fue en busca de ellas, que vivían en alguna parte del África junto a un lago, y a quienes ya desde lejos se podía oler, pues su hedor era nauseabundo. El aspecto que tenían es digno de mención. Las tres mujeres estaban sentadas junto a un lago, entre todas tenían un solo diente y un solo ojo. Pero este diente podía prestarse, igual que el ojo. Así que siempre que una quería morder algo, la que tenía el diente se lo daba, y lo mismo con el ojo.

Perseo se presentó ante ellas. Les dijo que le gustaría saber dónde vivían sus hermanas, las Gorgonas. Pero éstas se negaron a decírselo, e hicieron un par de observaciones obscenas. Aunque Perseo, que ya se imaginaba que eso iba a ocurrir, llevó consigo unas provisiones e hizo como si quisiera sentarse plácidamente a comerlas. Las tres tenían hambre y él les propuso partir los víveres, pues lo que llevaba se podía comer sin dientes. Partió los víveres en tres partes y a cada una de ellas le dio un poco. A una de ellas, que sostenía el ojo en una mano y el diente en la otra, le propuso sostenerlos mientras ella comía. Y una vez que hubieron acabado, Perseo aprovechó la ventaja que ahora tenía para sacar la información que iba buscando. Les dijo que si no le explicaban como llegar hasta las Gorgonas, nunca recuperarían ni el ojo ni el diente. De esta forma les sonsacó la dirección de las Gorgonas. Perseo fue lo suficientemente astuto como para devolverles sólo el diente, el ojo lo tiró al lago, de manera que tuviesen que meterse en el agua para buscarlo.

Luego dejó a las Greas, y las ninfas, que vivían cerca de ellas y que ya desde hacía siglos padecían el hedor de las viejas, estaban muy agradecidas a Perseo por haberlas obligado a saltar al agua y sumergirse. Y como agradecimiento las ninfas dieron tres regalos a Perseo: un manto que volvía invisible al que lo llevaba, sandalias aladas y un gran zurrón.

Las Gorgonas eran tres hermanas que parecían la versión bella de las Greas. Dos de ellas eran inmortales, la otra no, precisamente la más joven y la más hermosa de todas ellas, Medusa. Era mortal pero tan bella que cierto día se vanaglorió de ser más hermosa que Palas Atenea. A ésta no le gustó nada oírle decir eso y transformó a las tres Gorgonas en los seres más feos que hubiesen habitado la faz de la tierra, y de todas ellas Medusa era la más fea. Tenía cabellos como serpientes, la cara hinchada y un trasero como el de un caballo. Eran indescriptiblemente feas, pero también malvadas y peligrosas.

La cabeza de esta malvada, peligrosa y fea Gorgona era lo que tenía que coger Perseo. La Gorgonas estaban durmiendo cuando él llegó. Sacó la espada y cortó la cabeza a Medusa. Había retenido en la memoria todo lo que Atenea le había dicho, así que realizó el corte mirando a la Gorgona en el escudo liso como un espejo. Existía la leyenda de que aquel que mirase a Medusa a los ojos, se convertiría en piedra. Perseo se lo había tomado muy en serio, así que cortó la cabeza de Medusa y la metió en el zurrón que le habían dado las ninfas.

De las gotas de sangre que cayeron de la cabeza de Medusa a la tierra, crecieron hierbas que fueron aprovechadas como remedios curativos o bien como venenos.

Perseo se dirigió de vuelta a casa. Había arrebatado la cabeza de Medusa, así que podría pagar los impuestos. Y voló a lo largo de la costa, sobre sus sandalias aladas.