15 ago. 2011

De Príamo el suplicante


Tiempo después de los Juegos Fúnebres en honor a Patroclo, en medio de una noche oscura, un anciano se desplazaba con sumo cuidado y pericia a través del campamento de los griegos. Se trataba del viejo rey Príamo. Éste se hallaba cerca de la tienda del Peleida Aquiles y con ligereza se adentró en ella buscando la benevolencia del asesino de su amado hijo. Y con estas palabras habló el anciano:

"¡Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses,
que tiene mi misma edad y está en el funesto umbral de la vejez!
También a él los vecinos que habitan alrededor sin duda lo
atormentan, y no hay quien aparte de él la ruina y el estrago.
Sin embrago, aquél, mientras sigue oyendo que tú estás vivo,
se alegra en el ánimo y espera cada día
ver a su querido hijo que vuelve de Troya.
Pero mi desdicha es completa: he engendrado los mejores hijos
en la ancha Troya, y de ellos afirmo que ninguno me queda.
Cincuenta tenía cuando llegaron los hijos de los aqueos:
diecinueve me habían nacido de un mismo vientre,
y otras mujeres habían alumbrado en el palacio a los demás.
A la mayoría el impetuoso Ares les ha doblado las rodillas,
y el único que me quedaba y protegía la ciudad y a sus habitantes
hace poco lo has matado cuando luchaba en defensa de su patria,
Héctor. Por él he venido ahora a las naves de los aqueos,
para rescatarlo de tu poder, y te traigo inmensos rescates.
Respeta a los dioses, Aquiles, y ten compasión de mí
por la memoria de tu padre. Yo soy aún más digno de piedad
y he osado hacer lo que ningún terrestre mortal hasta ahora:
acercar a mi boca la mano del asesino de mi hijo."

Habiendo dicho tal cosa, Aquiles ayudó a incorporarse al anciano. El rescate acordado fue el peso de Héctor en oro. En consecuencia los griegos colocaron una balanza fuera de las murallas de la ciudad, pusieron el cadáver en un platillo e invitaron a los troyanos a amontonar oro en el otro. Cuando el tesoro de Príamo quedó limpio de lingotes y joyas y el gran cuerpo de Héctor todavía pesaba más en su platillo, Políxena, que observaba desde la muralla, arrojó sus brazaletes para aportar el peso que faltaba. Lleno de admiración, Aquiles le dijo al rey Príamo que de buena gana cambiaría el cadáver de Héctor por Políxena; si éste la casaba con él, Aquiles se comprometía a hacer la paz entre los troyanos y los aqueos.

Una vez que Príamo se hizo con el cadáver de su amado hijo, dispuso que se celebrara el funeral conforme a la costumbre troyana. Tan grande fue el bullicio que se produjo en los funerales de Héctor, ya por los lamentos de los troyanos, y los griegos tratando de hacer que no se oyeran sus cantos fúnebres con gritos y silbidos, que las aves que volaban sobre ellos caían aturdidas por el ruido.


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