3 may. 2011

El muchachito de Pérgamo

Pone Petronio en boca de nuestro poeta lascivo, Eumolpo el siguiente relato un tanto picante y con alguna reminiscencia a nuestros días, que espero, os guste.

"Cuando el servicio militar me llevó a Asia en el séquito del cuestor, se me dio alojamiento en Pérgamo. Estaba allí muy a gusto por lo confortable de la casa, y sobre todo porque el hijo de mi huésped era toda una belleza. Inventé un procedimiento para ser su amante sin excitar las sospechas del padre. Siempre que en la mesa se trataba de la corrupción de menores bien parecidos, me indignaba tan vivamente, me negaba con tan seria austeridad a oír hablar de esas obscenidades, que todos, pero especialmente la madre, me miraban como a uno de los siete sabios. Ya era yo el encargado de acompañar al joven al gimnasio, ya era yo el que dirigía sus estudios, yo quien le daba lecciones y consejos para que ningún seductor entrara en casa.

Un día que estábamos acostados en el comedor (pues una solemnidad había abreviado aquel día la tarea escolar y por pereza no nos habíamos movido del comedor después de la prolongada fiesta), a eso de la media noche comprendí que el muchacho estaba despierto. Con tímido susurro pronuncié el siguiente voto: "Diosa Venus, si yo llego a besar a ese muchacho sin que él se entere, mañana le regalaré un par de palomas". Al oír el precio asignado a mi capricho, el muchacho empezó a roncar. Así, pues, me acerqué al pequeño comediante y le planté unos cuantos besos. Satisfecho de este primer paso, me levanté muy de mañana y le traje el hermoso par de palomas que él estaba esperando. Mi voto quedaba cumplido.

La noche siguiente, dándoseme idéntica oportunidad, formulé un nuevo voto: "Si puedo acariciarlo con mano libertina sin que él se entere, como premio por su complacencia le daré un par de gallos de los más bravos." Ante esa promesa, el joven se me acercó espontáneamente; sin duda le entró miedo de que yo me quedara dormido. Accedí, pues, a su impaciencia y saboreé todas las delicias de su cuerpo, sin dar el último paso. Luego, cuando se hizo de día, le di la gran alegría de traerle cuanto había prometido.

Cuando la tercera noche me trajo nueva oportunidad (él se hacia el dormido), me levanté y le dije al oído: "Dioses inmortales, si logro dar a este joven dormido un gozo completo, en pago de mi felicidad le daré mañana un corcel macedónio, un verdadero ejemplar, pero con una condición: que el muchacho no se entere de nada." Nunca había tenido el joven un sueño tan profundo. Empecé, pues, por posar mis manos en su pecho de blancura inmaculada; luego, siguió un apretado beso y por último un abrazo que colmó de una vez por todas mis ansias. Por la mañana, sentado en la habitación, esperaba mi regalo habitual. Pero ya se sabe, es bastante más sencillo comprar unas palomas o unos gallos que un corcel; además, temía que un regalo tan considerable excitara sospechas sobre tanta generosidad de mi parte. Por lo tanto, tras un paseo de varias horas, volví a casa sin darle más que un beso. Pero él, mirando alrededor y colgándoseme al cuello para abrazarme, exclama: "Dime, maestro, ¿dónde está el corcel?"

Aunque con mi deslealtad me había cerrado la puerta que tenía abierta, pude ganar su confianza otra vez. Pasados unos días, como unas circunstancias análogas nos habían colocado ante la misma oportunidad, en cuanto oí roncar al padre empecé a suplicar al joven que se reconciliara conmigo, es decir, que accediera a dejarse querer; usé todos los argumentos que dicta una vehemente pasión. Pero él, muy enfadado no hacía más que repetir: "¡Duérmete, o ahora mismo se lo digo a mi padre!" No hay obstáculo que la tenacidad no logre derribar. Mientras él seguía repitiendo que despertaría a su padre, yo me deslicé a su lado y, aunque aparentaba resistirse, le hice el amor. No le disgustó del todo mi descaro y, después de quejarse ampliamente de que yo lo hubiese engañado, burlado y ridiculizado ante sus compañeros a quienes él había hecho grandes elogios de mi generosidad: "Para que veas que no soy como tú: si quieres vuelve a hacérmelo (dijo)." Así, pues, olvidando todo resentimiento, me reconcilié con el muchacho, aproveché sus complacencias y me dejé caer dormido. Aún no quedaba satisfecho aquel joven en plena forma y especialmente inclinado a la pasividad. Me sacó, pues, de mi sopor diciendo: "¿Quieres algo más de mí?"Aún no me disgustaba del todo la oferta. Como pude, entre suspiros y sudores, accedí a su petición y, agotado de felicidad, me quedé nuevamente dormido. Menos de una hora más tarde, empezó a pellizcarme de nuevo, diciendo: "¿Por qué no repetimos?" Harto ya de que me despertara tantas veces, exploté enfurecido y volví contra él sus propias palabras: ¡Duérmete, o ahora mismo se lo digo a tu padre!"

Satiricón, 85,4- 88.

4 comentarios:

  1. Qué bo, molt ben trobat este fragment del Satyricón per la copa Warren.
    Álex

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  2. M'alegre molt de que t'agrade! I moltíssimes gràcies per dedicar-li temps. Per cert qualsevol proposta per a futurs temes tindran segur bona acollida.

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  3. Me alegra que el Satiricón te haya gustado tanto como te advertí. ^^
    Es un placer leerte, siempre... ;)

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  4. Me alegra muchísimo encontrarte por estas tierras! Siempre eres bienvenida! Espero seguir sorprendiéndote :D
    Petronio, un éxito!!!
    Un beso querida!

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