23 jun. 2011

De Dédalo e Ícaro


Hoy nos ocuparemos de Dédalo, que ya nos ha aparecido en algún momento. Ésta es la historia del mayor y más importante inventor del mundo antiguo:

Dédalo significa "el rico en ocurrencias". En realidad nuestro inventor era ateniense, y el hecho de que estuviera en Creta en aquella época tiene como fondo una singular historia. Dédalo no sólo era el inventor más famoso, sino también el escultor y el pintor más célebre de toda Atenas. De él se decía que pintaba sus cuadros y que esculpía sus estatuas en piedra con un parecido tan grande con la realidad, que si dichas obras de arte estuvieran entre el gentío, en la plaza, el pueblo pensaría que se había multiplicado. Al parecer había más de un político que quería aprovecharse de esta ilusión, y pidieron a Dédalo que colocase una muchedumbre en la plaza cuando dieran sus discursos; y  Dédalo solía hacer todo lo que se le pedía. Los problemas estaban para ser resueltos.

Nuestro inventor tenía un sobrino llamado Pérdix, hijo de su hermana, al que introdujo en el arte de inventar, de la ingeniería, de la escultura y de la pintura. Pérdix era excepcionalmente hábil, tenía madera para convertirse en un inventor mucho más importante y significativo que su tío. Entre otras cosas, inventó la sierra cuando aún era un muchacho. Mientras paseaba por la playa, vio un pez devorado por las aves, y observando las espinas pensó: "Si fuesen de metal, cortaría con ellas la madera". También inventó el círculo y el torno alfarero.

De modo que las invenciones que Pérdix regaló a la humanidad eran absolutamente básicas. Al principio, Dédalo reaccionó con orgullo viendo que su sobrino aprendía tan bien y tan rápidamente. Sin embargo, con el tiempo, se le acabó el orgullo y la envidia se apoderó de él. Y un día, atrajo al muchacho al mar diciéndole que quería enseñarle algo. Le dijo que quería introducirle en el cálculo de distancias. Los griegos sabían que la tierra era una esfera, y Dédalo quería asignarle una tarea. Le preguntó dónde se hallaba el centro entre él en el acantilado, y el horizonte en el mar. Pérdix lo supo enseguida y contestó que dado que la Tierra es redonda y la línea de la mirada una tangente que se une a la curvatura de la Tierra, este largo trecho, teniendo en cuenta la reducción de la perspectiva, le parecerá al ojo tan corto, que su bisectriz concurre aproximadamente con la línea del horizonte.

Dédalo quedó tan aterrado ante la inteligencia, el saber y la indiscutible genialidad de su sobrino, que casi se desplomó, pero en cambio lo que hizo fue darle un empujón y Pérdix cayó al acantilado. Pero éste tenía una protectora en el cielo, Palas Atenea en persona, a quien siempre le habían atraído los astutos e inteligentes. Agarró al muchacho, todavía en el aire, lo transformó en una perdiz y de este modo Pérdix sobrevivió a su caída.

Sin embargo, Dédalo fue llevado a juicio en Atenas y acusado de asesinato. Se le encontró culpable y fue expulsado de la ciudad, lo que suponía el mayor castigo para un ateniense. Fue desterrado a Creta adonde llegó con su hijo Ícaro y ofreció su persona y sus servicios a la familia real. Y allí se hizo famoso por haber construido la vaca para la infeliz de Pasifae y el laberinto para albergar al Minotauro.

Y un buen día, Minos, rey de Creta, encerró a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto por haber ayudado a su hija Ariadna; y Minos quería al inventor sólo para él.

Dédalo había construido el laberinto de una forma muy astuta, pero no retenía los planos en la memoria. Y en el centro del mismo se hallaban él y su hijo Ícaro; lugar donde había vivido el Minotauro antes de que Teseo le diera muerte.
Pero nuestro inventor ya estaba trazando un plan para escapar. Dédalo observó como los pájaros volaban alrededor de ellos. Éstos al agitarse en el cielo, perdían plumas. Dédalo las recogió, estudió su forma y comprobó que eran lisas por debajo y curvas por arriba. Observó que las plumas se elevaban cuando el viento soplaba por el laberinto y advirtió que esto sucedía por el mismo motivo por el que por arriba eran curvas y por debajo planas, descubriendo así los principios de la fabricación del ala.

Se puso manos a la obra, y pronto construyó unas alas para Ícaro y otras para él con las muchas plumas que caían del cielo. Las pegaba con al cera de las velas que había en el laberinto para iluminar en la noche, hasta que por fin quedaron listas. Aleccionó a Ícaro y le propuso abandonar la isla y volar por encima del agua, pero advirtió que si volaba demasiado bajo las alas se empaparían completamente. Pero tampoco debía volar demasiado alto porque los rayos del Sol son muy ardientes y la cera se derretiría.

Pero Ícaro era un joven impetuoso, salió volando muy alto sin hacer demasiado caso de los sabios consejos de su padre. Era maravilloso ver la isla desde arriba. Llegó demasiado cerca del Sol, sus rayos deshicieron la cera e Ícaro se precipitó desde lo alto. Se dice que cuando chocó con la superficie del agua pasó una perdiz volando. Era el pequeño Pérdix, primo de Ícaro, que no pudo contener una risa malévola.

Dédalo se refugió en el estado de un rey que le debía un favor, porque sabía de sobra que Minos le perseguiría por todas partes. El propio Minos tuvo una idea y mandó anunciar que en su nombre convocaba un acertijo al mundo entero. Propuso una altísima recompensa para quien consiguiera pasar un finísimo hilo por la concha de un caracol.

Curiosamente un rey contestó a la propuesta de Minos, y este supo enseguida dónde se escondía Dédalo. Pues sólo Dédalo sería capaz de encontrar una solución para este acertijo. Y no se equivocó Minos.

Y ¿cómo resolvió Dédalo la dificultad de Minos? Pues bien, Ató un hilo al abdomen de una hormiga y la hizo pasar por dentro de la concha de caracol.

1 comentario:

  1. Por favor diganme su bibliografía, ya que perdí el libro donde viene este texto

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