20 jul. 2011

De Glauco y sus misterios.


Quisiera explicar la historia de Glauco, el hijo menor de Minos y Pasifae. El padre lo mimaba como si fuera su nieto. Para sus juegos, Glauco podía disponer de todo el palacio de Cnosos, y cualquiera que se encontrara con el pequeño príncipe tenía que cuadrarse ante él y saludarlo como a un rey. Eso era lo que había ordenado Minos, que observaba desde la ventana cómo sus ministros hacían los honores al niño mientras se reía para sus adentros.

Glauco jugaba todo el día en ese palacio, tan grande que Minos había pedido hacía años a su creador Dédalo, que desarrollara un sistema de señalización de caminos. Una noche los padres esperaron en vano el regreso de Glauco, y finalmente enviaron a los sirvientes en su busca. Buscaron por todos los rincones del palacio, pero no encontraron a Glauco. Al día siguiente Minos y Pasifae estaban muy preocupados.

El rey envió a un pequeño grupo de especialistas que peinó el palacio de modo sistemático, pero sin ningún resultado. Transcurrieron así tres días y tres noches.

Minos hizo reunir a todos los habitantes del palacio y de la ciudad y les obligó a jurar que no habían visto a Glauco. Todos lo hicieron. Y Minos desesperó. No es que fuera un hombre especialmente emotivo, pero a este hijo, a Glauco, lo amaba.

Por supuesto, acudió al oráculo. Y como no podía ser de otra manera, el oráculo dio una respuesta sumamente extraña: "Quien sea capaz de encontrar un símil correcto al problema de un nacimiento en Creta encontrará lo que busca". Pero cuando el rey escuchó estas palabras, empezó a gritarle a la sacerdotisa e incluso pensó si sería conveniente prenderle fuego al oráculo. Pensó que los dioses se habían puesto en su contra e imploró a su padre Zeus. Éste le dijo que confiara en el oráculo pues era correcto.

De modo que los cretenses se preguntaron qué nacimiento había habido recientemente, y llegaron a la conclusión que desde ña desaparición de Glauco sólo había nacido una ternera. Así pues fueron a ver a la ternera.

Era una ternera poco común. Cambiaba de color tres veces al día: por la mañana era blanca, al mediodía y por la tarde era roja, y por la noche se volvía negra. A la mañana siguiente era blanca de nuevo, y así sucesivamente.

Minos reunió a los hombres más sabios de su reino y les enseñó la ternera. Pero no supieron que decir y sólo concluyeron que se trataba de una ternera que cambiaba de color.

Por aquel entonces había un invitado en Creta, el vidente Poliido. Éster era hijo de Melampo, hombre capaz de oír la carcoma de la madera. Y cuando se le consultó, Poliido contestó: "Si me preguntáis por mi opinión, diría que esta ternera se parece a una mora madura".

Y cuando Minos vio con que facilidad Poliido había adivinado el oráculo amenazó de muerte al pobre vidente para que encontrara a Glauco. Poliido empezó a recorrer el palacio de Cnosos. En el umbral de una puerta vio una colmena de abejas amenazada por un búho, y lo interpretó como una señal. Seguidamente, quitó la colmena y siguió las abejas huyendo.

Éstas llevaron a Poliido a la bodega, donde había una gran vasija de miel hasta el borde. Y ante la vasija, Poliido dijo: "Dentro de esta vasija encontraréis a Glauco". Tiraron la miel y, en efecto, queriendo probar un poco de miel, el pequeño Glauco había resbalado y caído dentro de la vasija, en la que se había ahogado.


Pero Minos no se contentó con este final, y viendo los poderes adivinatorios de Poliido, se propuso que el pobre adivino le devolviera la vida a su pequeño Glauco.

Metió al vidente Poliido junto a su hijo Glauco dentro de una tumba e hizo introducir un tubo dentro para que Poliido pudiera avisar en caso de producirse algún cambio. Éste estaba tumbado en el estrecho y oscuro ataúd; por el tubo entraba un poco de luz y pudo ver que llegaba una serpiente y se acercaba a Glauco, y pensó: "si Glauco conserva un último aliento de vida no quiero que esta serpiente se lo quite". Así que levantó la mano y mató a la serpiente de un golpe. Entonces vio que llegaba una segunda serpiente que llevaba hierba en la boca. Se acercó hasta su hermana muerta y le colocó la hierba en la cabeza. Poliido vio que al serpiente muerta empezaba a moverse y se dio cuenta de lo que había pasado. Cogió la hierba, mató rápidamente a las dos serpientes y la colocó en los labios de Glauco.

En ese instante el cuerpo del pequeño empezó a reanimarse. Poliido gritó utilizando el tubo y pidiendo ayuda, suplicando que lo dejaran salir y que Glauco estaba vivo. Minos abrió el ataúd y los dos, Glauco y Poliido, salieron bien contentos.

Poliido pensó que Minos, un hombre inmensamente rico, le recompensaría, pero fue más bien a contrario. El rey no dejó que se fuera de Creta y lo mantuvo prisionero para que enseñara a Glauco el arte de la adivinación. Y una vez que se lo hubo enseñado, se quiso marchar.

Poco antes de subir al barco, Poliido pidió poder despedirse de Glauco. Abrazó al pequeño Glauco y cuando éste abrió la boca para desearle un feliz viaje, Poliido le escupió dentro. Lo había aprendido de Apolo: de ese modo borraba el recuerdo de todo lo que había enseñado a Glauco.

El muchacho perdió el arte de la adivinación, y cuando Minos lo descubrió envió tropas en busca de Poliido, pero ya no pudieron encontrarlo.

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