15 jul. 2011

De Teseo, Egeo y Medea.

Egeo recibe a Teseo
Hoy empezaremos a hablar de la historia de otro héroe griego, Teseo. La diferencia entre Teseo y otros héroes como Heracles o Perseo radica en que las heroicidades de éste transcurren la mayoría de las veces dentro del mundo del mito.

Su padre era Egeo, que de joven había sido un hombre desafortunado, un desventurado. Era el hermano de Palas, el rey de Atenas, donde a Egeo se consideraba un bastardo. La educación de Egeo tuvo siempre como referente la figura de Palas. Éste tenía cincuenta esposas y un hijo y una hija con cada una de ellas. Egeo había tenido dos esposas y las dos lo habían dejado. Además el infeliz no tenía hijos. Así que se fue de Atenas y se dirigió a Delfos con la esperanza de encontrar allí una respuesta favorable a sus deseos de ser padre. 

Una vez allí, consultó a la Pitia, el Oráculo de Delfos; pero esta le dio una respuesta enigmática. A veces la Pitia se divertía ofreciendo respuestas que, para poder ser descifradas, precisaban de otro oráculo. "Egeo, ¿llevas vino?" le preguntó la Pitia. Y éste le contestó que sí, pues llevaba consigo una bota de vino. "Bien, entonces escúchame bien: no abras la bota hasta que hayas vuelto a casa." La Pitia guardó silencio. Ya lo había dicho todo.

Allí estaba Egeo, el desafortunado, que hasta ese momento había tenido tan mala suerte en la vida; allí estaba en el Oráculo de Delfos preguntándose si había realizado aquel largo y duro camino hasta Delfos para recibir un oráculo que no entendía. Pero no desesperó. Egeo tenía un amigo, de nombre Piteo, al que se consideraba un hombre capaz de descifrar incluso los oráculos más complejos. Así que Egeo decidió visitar a Piteo antes de poner rumbo de nuevo a Atenas.

Egeo bajó del monde de Delfos y se fue a Argolis, donde vivía Piteo. El camino era caluroso y estaba lleno de polvo. Por la noche llegó a una posada donde se reunían todo tipo de hombres, legales y no tan legales. Egeo entró y entabló conversación con una mujer, que le susurró que estaba huyendo y que no la delatara. Egeo se preguntó que por qué le contaba esto, y ella le contestó que podía leer en el rostro de las personas, y su rostro decía que era un hombre bueno y honrado. Egeo se sintió, sin duda, halagado y creyó preciso mostrarse de alguna manera digno de esa confianza. Aunque empezó a fanfarronear y a presumir. Egeo le dijo a esa extraña mujer que estaba ante el futuro rey de Atenas. Ésta preguntó cuando llegaría el momento en que lo coronarán y él contestó que muy pronto. "En cuanto seas rey de Atenas me podrás acoger. Te ruego que me permitas exiliarme en tu corte. Llegado el momento, recuerda a este alma pobre y perseguida." Estas fueron las palabras de la mujer.

Egeo dijo mostrarse gustoso de acogerla y le preguntó por su nombre. Medea respondió la mujer. Ese era el nombre.

Medea sí, era Medea la que estaba en la taberna junto a Egeo. Medea, este personaje brillante y terrible a la vez, este demonio que había sabido defenderse poderosamente siempre de sus amigos y de sus enemigos. Estaba huyendo en ese momento porque la perseguían por unos hechos innominables que ya referiremos en el futuro. Medea se declaró una hechicera ante Egeo y le prometió que una vez éste fuera rey de Atenas, se ocuparía de que el hijo de Egeo fuera el hombre más grande y famoso, siempre que la acogiera claro.

Con esto Medea había dado en el blanco, en el deseo más íntimo de Egeo, y aún bebido y creyendo que ella estaba presumiendo, cuando se fue a dormir sintió que su corazón estaba enaltecido y pensó que a partir de ese momento todo iría bien.

Al día siguiente Egeo siguió su camino y por la noche llegó a casa de Piteo y una vez allí, le expuso el enigmático oráculo de la Pitia. Para Piteo resultó tratarse de un oráculo muy claro. Egeo se quedó sin palabras al escuchar a su amigo y le pidió que se lo explicase. "Tendrás un hijo y será un hijo muy famoso; esto es lo que entiendo a partir de este oráculo." Una vez más Egeo se quedó sin palabras.

Piteo hizo beber sin parar al desdichado Egeo para celebrar el oráculo, y cuando estuvo borracho lo arrastró hasta el dormitorio de su hija Etra. Si lo que afirmaba del oráculo era cierto, entonces sería bueno que Egeo concibiera este hijo con su propia hija así el también podría beneficiarse un poco de la fama futura de este héroe.

Al llegar el día Egeo se levantó de buen humor, cogió a Etra de la mano, la cual yacía a su lado en el lecho, y la arrastró al campo. Una vez allí, Egeo levantó una enorme piedra con unas palancas y colocó su propia espada y una de sus sandalias debajo de la roca. Luego dejó caer la roca y le dijo a Etra: "Si llegaras a tener un hijo mío, entonces tráelo aquí cuando haya cumplido dieciocho años; y si puede levantar esta roca y sacar la espada y la sandalia, entonces me lo envías a Atenas y lo coronaré rey."

Acto seguido Egeo regresó a Atenas y volvió a su vida humilde y humillada hasta que un buen día, se abrió la puerta de su estancia y apareció una mujer en el umbral. Egeo no la reconoció.

Se trataba de Medea, la hechicera.  Egeo le contó que le había mentido, que por desgracia no era rey. Pero Medea le recordó cuan poderosa era y le dijo que no desesperara porque ella se encargaría de entronizarlo rey. Y así fue, de manera casi inexplicable Medea había acabado con Palas y sus descendientes y casi sin darse cuenta, Egeo se había convertido en rey de Atenas.

Egeo se la llevó consigo a la cama y la abrazó. Ésa era su manera de protegerla, eso es lo que ella quería. Y de este abrazo Medea quedó en cinta. Dio a luz a un hijo, y lo llamó Medo, a quien Egeo crió con amor y mil cuidados.

Mientras tanto el otro hijo de Egeo, el que había dado a luz Etra, la hija de Piteo, iba creciendo. A ese hijo le había llamado Teseo. 

Teseo era ya de niño llamativamente fuerte, desagradablemente fuerte, problemáticamente fuerte, y eso que su apariencia física no revelaba su fuerza. No había cumplido los catorce años cuando lanzó un buey por encima de una valla, sin más, para divertirse.

Al cumplir los dieciocho años, Etra hizo lo que Egeo le había mandado y llevó a su hijo ante la gran roca. Ella sabía que sería capaz de hacerlo mejor que su padre, y para Teseo fue en efecto un juego de niños. Levantó la roca y no usó para ello ni palancas ni cuerda alguna. Y allí estaba la sandalia y la espada.

Cogió las cosas de su padre y puso rumbo a Atenas. De camino protagonizó muchas aventuras. Venció a Procuestes y a la famosa cerda salvaje llamada Fea. A Cerción, el luchador de la piel de aceite, a Perifetes y al malvado Corunetes, el del garrote. Y tras alcanzar tal nivel de pericia, llegó a la corte de Egeo en Atenas. El rey no lo reconoció, aunque Medea temió que, una vez supiera Egeo de quien se trataba, prefiriera a Teseo y no a Medo.

A este joven extraño que había llegado a la corte se le invitó a una fiesta aquella misma noche, y en su calidad de invitado Teseo debía cortar la carne para los comensales. Y ¿cómo lo hizo? Pues saco del hatillo la espada de Egeo, y éste al verla se dio cuenta de quien era. Mientras tanto Medea había envenenado el vino del muchacho, y cuando éste fue a beber para brindar, Egeo apartó la copa de un golpe, arrebató la espada de las manos de su hijo y se lanzó a Medea para matarla. Pero en ese instante Medea se elevó del suelo, cogió a su hijo Medo y agarrándolo fuertemente se fue volando hacia la Cólquide, su patria, esa lejana tierra donde el sol nunca asoma por detrás de las nubes.



1 comentario:

  1. Aquí deberías releerte....jej
    Y, sigo sin poder dejar de decir, que me encanta!

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